Opinión | Mal de muchos…

Se palpa en el ambiente que no ha sido una mala semana para el madridismo. El calvario en el que se ha convertido la temporada 2018-2019 toca a su fin, los rumores sobre los cambios de cromos que traerán los calores veraniegos alimentan la ilusión y, además, el eterno rival se ha despedido de la final de la Champions, justo cuando acariciaba una cita con la ‘orejona’ en el Wanda Metropolitano.

Sobre los dos primeros aspectos, poco o nada nuevo se puede decir. Faltan dos partidos para que este curso calamitoso baje el telón de forma definitiva y al respecto de las incorporaciones, todo hace indicar que en breve Hazard y Jovic se sumarán a una lista que inauguró Militao. Por eso, prefiero centrarme en la tercera y última razón que ha llevado a un sector de la afición blanca en los últimos días a vivir esta recta final de temporada con otro rictus.

Los vasos comunicantes del llamado puente aéreo hacen que las tristezas de un extremo sean recibidas con alegría por el otro. Que en el Bernabéu se alegren de los tropiezos barcelonistas, y viceversa, forma parte de este negocio, especialmente cuando determinados periódicos han echado la sal en la herida blanca, sin reparar que ellos no estaban libres de abrirse un rasguño. Las portadas con la cuenta atrás hacia un nuevo triplete hicieron que algunos aficionados culés ya se vieran celebrando la sexta Champions de su equipo en la Cibeles, obviando que su Barcelona lleva varios años encajando dolorosas goleadas como visitante cuando llega la hora de la verdad en Europa.

Apelando a la humildad, tengo claro que no voy a cambiar un sentimiento tan antiguo como el propio fútbol. Lo que sí quiero es animar al aficionado de turno al que le guste este deporte, más allá de los sentimientos que genera, a que se centre en animar a su equipo y no perder tiempo y energías en mofarse del rival. Me llama poderosamente la atención cómo se ha ido propagando esta espiral en los últimos años. Ese era uno de los grandes triunfos del madridismo décadas atrás, ver cómo en Barcelona se tenían que refugiar en las desgracias ajenas para poder celebrar algo.

Las tornas han cambiado, y en un año tan difícil en la casa blanca la eliminación barcelonista en Anfield ha tenido un efecto balsámico. Ahora que los memes ya no aporrean nuestros teléfonos, les invito a dejar de lado las miserias rivales y mirar las propias, que son muchas, tratar de saber qué le falta a este Madrid para volver a ser competitivo y dedicar los esfuerzos a animar a un equipo que algo bueno habrá hecho estos años cuando ha levantado el título más preciado en cuatro de las últimas seis ediciones. Mucho pagarían Guardiola, Al-Khelaifi, Rummenigge o Messi por haber visto a su equipo en esa tesitura. Quédense con eso, porque ya saben que mal de muchos…

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