Blanco Y En Botella | La Champions, mucho más que siete partidos

Si algo nos ha dejado esta emocionantísima edición de la Champions que ahora toca a su fin no han sido sólo las sorpresas de ver cómo quedaban fuera de combate los grandes “transatlánticos” europeos y grandes favoritos al título casi a las primeras de cambio, sino sobre todo, las grandes lecciones que nos han dejado muchos encuentros, especialmente en la fase trascendental de cruces.

Así pues, hemos visto cómo Real Madrid, Bayern Munich, PSG, Manchester United. Juventus e incluso el City o el Atlético de Madrid iban quedándose fuera a las primeras de cambio, eliminados por rivales en teoría infinitamente más débiles que estos.

Con el escudo sólo no se gana

La primera enseñanza que esta Champions nos ha dejado es que las eliminatorias duran 180 minutos y con el escudo sólo no se gana y que no se puede uno dormir en los laureles, por más ventaja con la que se afronte el encuentro de vuelta.

De hecho, resulta sintomático cómo muchas de las eliminatorias se han decidido en el segundo partido y con espectaculares remontadas llevadas a cabo por los equipos, en teoría, menos poderosos.

Lo vimos en el Parque de los Príncipes parisinos cuando posiblemente el peor Manchester United que hemos visto en décadas dejaba KO al todopoderoso PSG, a pesar de que éstos venían con un 1-2 favorable en la ida. Y algo parecido les pasó a Real Madrid o Atlético de Madrid, que pasaron de la gloria de contar con sus eliminatorias de cara, tras grandes triunfos al pozo de la eliminación, merced a las remontadas en sendas victorias brillantísimas de Ajax y Juventus, respectivamente.

Algo parecido le ocurrió al Tottenham de Pochettino, que dejaba en la cuneta al favoritísimo Manchester City de Pep Guardiola, el inventor del “´fúpbol”, merced al valor doble de los goles en campo contrario y a pesar de haber caído por 4-3 en el Etihad ante el conjunto citizen y gracias a un gol anulado a Sterling por el VAR en el último segundo

Los azulgrana no aprenden

Así pues, resulta increíble que ni Ajax ni, sobre todo, FC Barcelona hubiesen aprendido de lo que el fútbol, sí, el de verdad, el profesional, no el que se hace en las redacciones de los medios ni en las cabezas enfermas de tanto “lírico” que dice que ganar no es lo importante, y se dejasen llevar en sus respectivas eliminatorias de vuelta en las semifinales.

Siendo sangrante el caso del Ajax, que dejó escapar un 0-1 favorable de la ida, tras ganar en Londres y, lo que es peor, dilapidando una ventaja de 2-0 en la vuelta en la primera mitad para acabar perdiendo en el descuento por 2-3, me quiero centrar en el caso del Barça porque al “pecado” de la falta de entendimiento de la realidad se suman otros pecados como la soberbia.

El caso del Barça es especialmente doloroso para los culés, que pensaron que el partido de vuelta no había ni que jugarlo. Que había, si acaso, que presentarse para que no les diesen el partido por perdido por incomparecencia.

O tal vez, como se dijo por algunos periodistas culés, para deleitar al exigente público de Anfield, mostrándole algo que no habían visto ni verán en sus vidas después como es Messi, el extraterrestre.

El pecado de la soberbia

La condescendencia y autosuficiencia culé, pensando que poniendo las fichas de sus jugadores en el vestuario del árbitro y paseándose por el templo, ése sí, del fútbol que es el campo del Liverpool, les llevó a pesar que iba a ser suficiente para llevarse una eliminatoria que daban por vencida tras el 3-0 de la ida.

No quisieron ver que, de no haber sido por la Diosa Fortuna y las manos, una vez más de Marc André Ter Stegen y el pésimo arbitraje de Kuipers, el Liverpool habría ganado al Barça incluso en el partido de ida.

Un arbitraje, por cierto, que permitió que el Barça acabase con 11 jugadores permitiendo que Messi agrediese a Fabinho y, en vez de ver la roja, sacase una falta que luego el argentino botó desde donde quiso para hacer el tercero. Que dejó impune la brutal entrada de Rakitic por detrás que lesionó a Keita (bueno, un jugador que según la prensa española “se lesionó” solo) y que le permitió a Luis Suárez mostrar con total libertad todo su arsenal de patadas y protestas (especialmente una entrada criminal a Milner muy similar a la que un lejano abril de 2011 mandó a Pepe a la ducha en otra eliminatoria de Champions)

Pero volviendo al tema, entonces y a pesar del enorme baño que le dieron los jugadores de Klopp, se dejaron llevar por la euforia y decidieron que a ellos no les podría pasar lo que, por ejemplo sí les pasó a equipos como PSG, Real Madrid, Atlético o Juventus y a Liverpool se iría de turismo.

La misma actitud, dicho sea de paso, que llevaron a Roma hace algo más de un año y que supuso el enésimo varapalo europeo culé de los últimos 6 años en una competición que se les resiste. Pero no aprenden. Y el martes volvieron a adolecer del mismo pecado. La soberbia.

Frases grandilocuentes que, pese a que son ridículas, muchos tienen grabadas a fuego en su diminuto cerebro. “Gana el que tiene a Messi”, “Se juega a lo que quiere Messi”, “Messi ha prometido esta Champions y es un tío de palabra”, etc, que unidas al infortunio con las lesiones sufridas por el Liverpool (a las lesiones de Firmino, que ya no estuvo en la ida, la conocida de Keita tras la patada de Rakitic había que sumarle la de su estrella, Salah).

Pero ni por esas. Ese Liverpool, capitidisminuido en efectivos pero absolutamente sobrado de testiculina en los 14 jugadores empleados por Klopp durante el partido, volteó la eliminatoria infligiendo al Barça la más deshonrosa y humillante derrota de su historia reciente en Europa, cayendo por 4-0.

No aprendieron del pecado de soberbia que les llevó a minusvalorar y mofarse de la Roma y Manolas les dio un soberano baño de humildad y esta vez volvieron a caer en el mismo error y, por tanto, experimentaron el mismo resultado que entonces.

Esto, es, la humillación y la vergüenza de ver cómo un equipo, bastante menor en calidad pero a años-luz de los culés, les hacía morder el polvo y quedaban apeados de esa competición que, hasta este año era algo más que un Teresa Herrera y este año en el que el Real Madrid ya no tenía opciones de ganarlo por cuarta vez consecutiva (y quinta en seis años),  oh casualidad, volvía a ser ese torneo que te otorga la inmortalidad…

La Champions es y será el torneo más importante

Y es que, por más que nos han querido vender. La Champions League es y será el torneo internacional de clubes más prestigioso y espectacular del mundo. Y no, no se gana jugando bien tan solo seis o siete partidos.

No, ni con sorteos presuntamente amañados (las famosas “bolas calientes” que nos han imputado año tras año en cada cruce favorable), ni con la Flor o aprovechándose de las lesiones o sanciones de las estrellas rivales. Ni tan siquiera con el favor arbitral. Nos suena de algo esa cantinela a los madridistas, ¿verdad?

Pues bien, ni siquiera en el año en el que el Barça ha contado con todos esos factores a su favor (cruces sencillos ante Olympique de Lyon y Manchester United), arbitrajes favorables (ida ante el Liverpool o ese penalti ridículo a Luis Suárez en Barcelona ante el Lyon que les permitió “abrir la lata”) y suerte con las lesiones de sus rivales (lo que sufrió el Liverpool en ambos partidos, especialmente en la vuelta), ni con ésas se ha podido ganar.

A lo mejor es que hace falta algo más que suerte o una decisión arbitral favorable (aunque sea justa, como el caso del penalti de Benatia ante la Juve, por ejemplo).

Recuerdo al Madrid contra las cuerdas ante el Wolfsburgo. Y se remontó cuando se decía que no se remontaría. Se apretó el culo ante Juventus con 0-3 y Bayern con 1-2 y 2-2 o Atleti con un 2-0 en contra en 15 minutos. Y se resistió. Y a nadie le temblaron las piernas. Ni siquiera cuando no había fuerzas ni siquiera para andar, como ocurrió en la tanda de penaltis de Milán.

Esa es la clave. Donde unos se hunden y con 3-0 a todos, especialmente a Messi (como ya pasó en otras ocasiones) miraban para abajo, el ADN ganador del Real Madrid, ese afán en no tirar la toalla a pesar de lo adverso del resultado o las circunstancias, hizo que en los peores momentos acabásemos por salir a flote cuando otros se hundían.

Por eso, a lo mejor, esta competición es tan difícil de ganar. Y por eso sólo ha habido un equipo capaz de ganarla más veces que nadie y además, haber logrado el hasta ahora imposible reto de ganarla hasta tres veces de forma consecutiva.

Lo bueno de todo, es que esta vuelta a considerar la Champions como lo que es realmente, es decir, la más importante competición de clubes del mundo, al menos pondrá en valor la importancia de lo que el Real Madrid ha logrado estos años y que a muchos madridistas parece que se les ha olvidado.

Porque, no nos engañemos, ganar la Champions no sólo te da la inmortalidad y la gloria sino que perderla hace que incluso una temporada como la del Barça este año (o incluso el anterior), quede opacada y reducida a escombros.

News Reporter
Colaborador de #MadridistaReal

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