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	<title>Manu Ibáñez, autor en madridistaReal</title>
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	<description>Información y opinión sobre el Real Madrid</description>
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	<title>Manu Ibáñez, autor en madridistaReal</title>
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		<title>La rareza de Benzema: de la mortalidad al mito</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Oct 2022 13:00:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[#Francia]]></category>
		<category><![CDATA[#KarimBenzema]]></category>
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		<category><![CDATA[Capitán]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Karim Benzema, el mediapunta que no es mediapunta, el delantero que no es delantero, se ha convertido en leyenda transgrediendo [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://madridistareal.com/la-rareza-de-benzema-de-la-mortalidad-al-mito/">La rareza de Benzema: de la mortalidad al mito</a> se publicó primero en <a href="https://madridistareal.com">madridistaReal</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Karim Benzema, el mediapunta que no es mediapunta, el delantero que no es delantero, se ha convertido en leyenda transgrediendo los irracionales patrones por los que se guía el mundo del fútbol.</strong></h3>
<p>Karim Benzema acaba de ganar el Balón de Oro y se confirma como una de las grandes leyendas del Real Madrid y de la historia del fútbol. Tiene 34 años, ha alcanzado su madurez balompédica y ha conseguido prácticamente todo cuanto cualquier futbolista puede conseguir siendo, además, un delantero raro, un delantero que, a pesar de nadar en un océano de egoísmo, llegó a confesar públicamente su preferencia por dar un pase de gol que por empujar el balón al fondo de la portería. Hace unos minutos, a la misma vez que le veía alzar su galardón por la tele, yo buscaba ofertas de trabajo de cualquier cosa y refrescaba el extracto de mi cuenta bancaria con la vaga esperanza de que, por mero azar o magia, la cifra se viera generosamente multiplicada de repente. Tengo 34 años, me hallo medio tumbado en el sofá en calzoncillos y estoy bastante lejos de conseguir prácticamente todo cuanto podría conseguir en mi carrera profesional, sea cual sea esa carrera, sean cuales sean mis rarezas.</p>
<p>La madurez es un concepto relativo e inflamable según quién lo maneje y según para qué o con quién se emplee. Por ejemplo, a mí, con veintiún años, a punto de salir de la universidad y aún sin tener ni pajolera idea ni de lo que quería ni de lo que es la vida, nadie me reprochó que, en lugar de pensar en buscar trabajo o seguir ligado al mundo académico una vez obtenido mi título de carrera, tomara la que hoy considero una de las decisiones cruciales de mi toda mi existencia: aceptar incorporarme a una chirigota para participar en el concurso de carnaval del pueblo. Mi mayor aspiración de entonces consistía en lograr subirme al escenario con el suficiente grado de alcohol en sangre como para evitar los nervios sin llegar a trabucar las letras de los pasodobles. Es más, no es que nadie me recriminara aquello, es que el anuncio fue recibido entre los míos con una preocupante explosión de júbilo. Me imagino a Benzema, con la misma edad, comunicando a su familia y a Florentino Pérez una noticia de índole pseudoartística parecida días después de haber consumado su fichaje por el Real Madrid. Supongo que no habrían encontrado en todo el país bombonas de oxígeno suficientes para atender la severa insuficiencia respiratoria que hubiera sufrido el presidente merengue.</p>
<p>Habituados al ritmo frenético y apabullante del universo futbolístico, donde ningún tren espera a nadie y no hay espacio para la reflexión ni el recuerdo, a veces olvidamos que aquellos a los que exigimos semana tras semana, día tras día, que sean los mejores de los mejores en su trabajo frente a una cantidad ingente de profesionales que también se preparan a conciencia para alcanzar la excelencia, son apenas unos zagales. Olvidamos, digo, que, donde para algunos, en pleno contexto socioeconómico de cierta bonanza, el mayor problema existencial es la duda de si el próximo botellón va a ser el último de sus vidas, las jóvenes promesas y las jóvenes realidades futbolísticas asumen un mandato que, por edad, no les correspondería asumir: el de convertirse en robots sin fallo sobre el césped, con la presión de saber que hay millones de ojos posados sobre ellos en cada partido y, además, que se les pedirá que rindan cuentas si muestran alguna pequeñísima muestra de humanidad o debilidad en su proceder. Para ellos, el tiempo discurre mucho más deprisa que para el resto. Aunque hay quien se salta el patrón, hay quien constituye una maravillosa rareza.</p>
<p>Si uno observa imágenes del Benzema de 2009, recién salido de su cuna en Lyon y poco después de aterrizar en Madrid, se da cuenta al instante de que parecía estar más cerca de los adultecentes pro-botellón que de otra cosa, y, del mismo modo, es fácil advertir rápidamente que no se trata de la misma persona que hoy ostenta la capitanía del club catorce veces campeón de la Champions League. Uno era aquel futbolista algo apático, intermitente, de dudoso talento goleador y propenso a la burla; el otro, el jugador líder, constante, matador, exquisito y coleccionador de elogios que hoy ha logrado el Balón de Oro, algo impensable hace trece años. Esa transformación es evidente con sólo hacer una breve comparación entre el semblante del Benzema de veintipocos años y del Benzema actual, ya superada la treintena. Donde el primero exhibía un gesto suave y benigno, incluso algo naif, como si estuviera cantando en una eterna chirigota, el segundo arquea las cejas y frunce el ceño en actitud casi beligerante, una mirada acentuada por la intimidación de esa poblada barba, acaso patriarcal o soberana. Muchos dudamos de que esa conversión fuera posible, pero es que caímos en el error de juzgar antes de tiempo a un veinteañero cuyas aspiraciones a esa edad, de no haber sido futbolista, seguramente no se habrían diferenciado demasiado de las de todos los veinteañeros acomodados en el mundo capitalista. Pero es futbolista. Y no sólo eso: es un futbolista paciente, una cualidad que escasea.</p>
<p>La carrera de los jugadores de fútbol, comparada con cualquier otra trayectoria profesional ajena al deporte, es antinatural, terriblemente efímera: en el tramo entre los treinta y los cuarenta años, cuando uno suele alcanzar el nivel de madurez y experiencia laboral suficiente como para asumir con garantías responsabilidades de entidad, a los futbolistas se les da por desahuciados porque entran en declive físico, mientras que la gran mayoría del resto de mortales inicia la que, probablemente, será la mejor etapa profesional de sus vidas. Es decir, que, cuando a los primeros se les ha acabado ya el tiempo, ese escaso y dinámico tiempo del que disponen, a los segundos les empieza a contar su particular y lento cronómetro. Sin embargo, hay excepciones como la de Karim Benzema, cuyo cénit futbolístico ha llegado coincidiendo con los últimos años de su carrera, y como la mía, que ni siquiera sé dónde tengo guardado ese cronómetro, ni siquiera sé si me lo dieron.</p>
<p>Benzema es el mediapunta que no es mediapunta, el delantero que no es delantero, el futbolista que se sale de los patrones, una de esas maravillosas rarezas. Para ser Balón de Oro, para jugar a fútbol como nadie, el francés simplemente ha necesitado desligarse de irracionalidades y andar por la senda que pocos eligen, la de la lógica: escogió ser primero asistente y, después, goleador, ser primero generoso y, después, protagonista, aprender primero las claves de la mortalidad y, después, convertirse en mito. Otros todavía seguimos atascados y recordando viejas rimas en alguna etapa indeterminada del camino, sea cual sea esa etapa, sea cual sea ese camino.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Foto: THOMAS COEX/AFP via Getty Images</strong></p>
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		<title>Tchouaméni, el hombre tranquilo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 19 Sep 2022 14:54:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Carlo Ancelotti]]></category>
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		<category><![CDATA[Derbi madrileño]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El otro día me puse nervioso porque iba a cenar con unos amigos de mi novia que no conocía. Una [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>El otro día me puse nervioso porque iba a cenar con unos amigos de mi novia que no conocía. Una situación de lo más común -una cena con más personas-, sí, pero resulta que a mí me abruman las grandes citas, me abruma sobremanera enfrentarme a los grupos nutridos de gente nueva y pensar que, en un determinado momento, en esa agotadora tarea de contar cada uno su vida para presentarse y que te conozcan, me va a tocar tomar la palabra mientras los demás me clavan sus ojos con fiera curiosidad.</strong></h3>
<p>Pocas cosas hay que me hagan sentirme tan indefenso, y por eso trato de rehuir el protagonismo. Al contrario que aquel presuntuoso columnista de &#8216;Laura&#8217; (1944) que, tras ser interrogado por el detective que investiga el asesinato de una íntima amiga, se ofrece a acompañarlo en sus visitas a quienes integran su lista de sospechosos. «Usted forma parte de esa lista», le advierte el detective. «Lo contrario hubiera sido un insulto», contesta el otro con aire de suficiencia.</p>
<p>Me gustaría ser menos inseguro, ser un experto driblador de miradas ajenas, ser como Aurélien Tchouaméni en su primer derbi contra el Atlético a punto de dar un pase de gol a Rodrygo, picar el balón con sutileza para neutralizar a toda la defensa rojiblanca como quien no quiere la cosa, como quien acude a la oficina a firmar un taco de papeles y adiós muy buenas, ajeno al ambiente hostil y chúcaro del Metropolitano y a todas las miradas atronadoras de hinchas atléticos posadas sobre él como una tormenta. Igual que don Alfredo Di Stéfano, Tchouaméni demostró, con sólo 22 años, que los territorios enemigos están hechos para crecerse.</p>
<p>El Madrid ya lo dejó claro la temporada pasada: es el rey de la turbulencia. Donde otros equipos sólo ven descontrol y reprís, los blancos se sienten mecidos por una dulce melodía chill out. Así lo ejemplificó Valverde en la celebración de su gol, el 0-2 ante los del Cholo, en modélica postura de meditación. Quien no está preparado para asumir que la cotidianidad es sinónimo de huracán no está preparado para vestir la zamarra blanca. Hace justo un mes, la familia del Real Madrid se enfrentó a un nuevo terremoto, el enésimo, cuando se oficializó <a href="https://madridistareal.com/oficial-casemiro-se-marcha-del-real-madrid-y-ficha-por-el-manchester-united/">la salida de Casemiro rumbo a Manchester</a>. Hubo cierta calma, sin embargo, porque el recambio ya estaba en casa, aunque la afirmación se cogió con pinzas: lo que en principio iba a ser una temporada de transición para Tchouaméni, decían, se tendría que convertir a la fuerza en un aprendizaje exprés, y la duda de si el francés pasaría el examen de asumir el rol que había dejado huérfano el brasileño comenzó a sobrevolar el entorno de la Castellana.</p>
<p>Pero la bruma no tardó en disiparse. Tchouaméni se planta cada partido en el campo con su cara de estudiante de Bachillerato y su percha de primo de Zumosol, y, haciendo gala de una tranquilidad pasmosa, activa el modo comecocos para robar balones con físico, zancada y garbo, pero también se aventura en ataque con acierto si la ocasión lo requiere, una faceta en la que ha demostrado no estar exento de talento, con el derbi y su sociedad con Rodrygo como último ejemplo de ello.</p>
<p>La nueva escoba merengue ya tiene nombre y apellido, y ha mostrado ser efectiva desde el minuto uno. A partir de ahora, cuando tenga que afrontar una cena con gente desconocida, en vez de presentarme con mi nombre diré, para esquivar la timidez: «Hola, me llamo Aurélien, soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno».</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Foto: JAVIER SORIANO/AFP via Getty Images</strong></p>
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		<title>Higuaín, el hijo de lo salvaje</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 Jul 2022 12:52:53 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>En abril de 2019, Gonzalo ‘El Pipita’ Higuaín era un hombre aún convaleciente, pero cuyas heridas al fin sanaban después [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En abril de 2019, Gonzalo ‘El Pipita’ Higuaín era un hombre aún convaleciente, pero cuyas heridas al fin sanaban después de haber estado abiertas demasiado tiempo. Tenía treintaiún años y vestía la zamarra blue del Chelsea FC. La Juve, a la que había llegado en el verano de 2016 por unos 90 millones de euros que muchos consideraron excesivos, lo había cedido varios meses atrás por segunda vez en la temporada. Tras una buena primera campaña en la Vecchia Signora y una segunda más discreta, la llegada de Cristiano Ronaldo, que hizo tambalear con su grito tribal los cimientos de la Fiat, del calcio y hasta del Montecitorio, le arrebató el hueco en el ataque juventino junto a Dybala, cuya titularidad tampoco estaba asegurada, y hasta en la plantilla. Su primer destino en forma de cesión fue el Milan, donde no terminó de cuajar. Con una pírrica cifra de goles, para lo que él estaba acostumbrado, a media temporada hizo de nuevo las maletas rumbo a Londres. En el banquillo del Chelsea le esperaba una cara amiga. Junto a Maurizio Sarri hizo, defendiendo la celeste del Napoli, el mejor año de su carrera. Fue en la 2015-2016, temporada en la que se convirtió en incontestable capocannoniere con 36 goles en 35 partidos. El reencuentro con el técnico italiano, sin embargo, no le sirvió para remontar el vuelo. Acaso un alopécico Higuaín empezaba a mostrar ya signos de agotamiento mental. Normal, si se tiene en cuenta que llevaba desde los dieciocho tratando de huir de la fama de escopeta de caña que le perseguía independientemente del número de tantos que hiciera.</p>
<figure id="attachment_37145" aria-describedby="caption-attachment-37145" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="size-large wp-image-37145" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/fbl-eur-c3-chelsea-arsenal-final-trophy-1024x683.jpg" alt="" width="640" height="427" /><figcaption id="caption-attachment-37145" class="wp-caption-text">Foto: Ozan  Kose/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>Apenas un mes antes de despedirse del Támesis, confesó en una entrevista a ESPN lo mucho que llegaron a afectarle las críticas durante buena parte de su carrera. “No salía a la calle por miedo a lo que pudieran decir”, aseguró. La afirmación, que podría pasar desapercibida entre otras muchas de similar estilo, resulta, sin embargo, clave para entender el carácter maledicente del ‘Pipita’ en la cancha y para explicar por qué nunca ha terminado de seducir al hincha, a pesar de sus buenos números. Desde aproximadamente 2012 y hasta el fin de su etapa como milanista, Higuaín siempre estuvo en guerra contra alguien, quizás contra sí mismo. Y ese constante y enfermo afán de revancha no le permitió disfrutar del juego y hacer caso omiso al carnaval de ruido que lo rodea. ‘El Pipa’ saltaba al campo con gesto tenso, propenso a caer en cólera -ciertamente acomodado en el victimismo-, y precisamente esto agravaba su condición de definidor impredecible. Igual que un elefante en estampida, cuando no tenía tiempo para pensar se convertía en el matador perfecto: imparable y certero; sin embargo, cuando el remate era teóricamente sencillo -es decir, cuando tenía algo que perder- un miedo profundo al fracaso le atenazaba las piernas. Hace tiempo, no obstante, hubo un Higuaín melenudo y completamente libre de miedo que llegó a sostener a finales de la primera década del siglo XXI a un Real Madrid venido a menos. La primavera del ‘Pipa’ fue, entre 2007 y 2009, la quinta estación del año.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-large wp-image-37143" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/real-madrid-v-barcelona-supercopa-1024x682.jpg" alt="" width="640" height="426" />Foto:Alberto Ramos/Getty Images.</p>
<p>El Higuaín postpúber que llegó a la Casa Blanca en enero de 2007 cumplió un sueño de infancia. No se trata, en este caso, de un cliché. Aún puede encontrarse fácilmente en el ingente océano de internet el vídeo en el que, en edad de hacer la primera comunión, reveló: “Quiero llegar a Primera, primero, y a un equipo de afuera, de Europa, el Real Madrid”. Sumido en plena crisis de juego y resultados, el conjunto que, en aquel entonces, dirigía Capello necesitaba abrir la puerta para dejar entrar nuevos aires que le impulsaran y recondujeran su camino hacia la deriva. Higuaín fue quien cogió el timón de la ansiada new age madridista. Su entusiasmo en el césped dotó al equipo del dinamismo que le faltaba. Tiraba desmarques continuamente, venía a recibir, encaraba y no paraba quieto. Sólo le faltaba algo: el acierto de cara a puerta. Y ello, en una plantilla que, a excepción de Van Nistelrooy, carecía del don del gol, suponía, a pesar de todo lo anterior, un problema. Su primer partido como titular en el Bernabéu fue ante el Zaragoza, en enero. Yo lo vi en la Peña Madridista de Torredonjimeno. No marcó, pero dio el pase del único tanto del encuentro a Ruud. Aunque su actuación fue notable, aquella melena desaliñada suscitaba cierto escepticismo. Los parroquianos merengues de mi pueblo se preguntaban, algo recelosos, de qué manga se había sacado Mijatovic a ese pibe argentino del que tan sólo conocían los dos goles que le había marcado a Boca en un reciente Superclásico y que se habían hecho virales en los informativos y YouTube. La guinda a aquel primer examen ante el experimentado sanedrín merengue, que ocupaba los únicos sillones de cuero de la peña, la puso uno de sus integrantes cuando el realizador del partido mostró un plano del ‘Pipita’ de espaldas: “Higaín”, sentenció aquel idólatra de las úes mudas. En su media temporada de debut marcó sólo dos tantos -el del 1-1 en el Calderón y el último del 4-3 contra el Espanyol, sobre la bocina, además-, pero ambos dieron puntos al equipo y resultaron, por tanto, claves para alzarse con la que pasó a la historia como la liga de las remontadas, la segunda de Fabio ‘El Sargento’ en dos años con el conjunto blanco.</p>
<figure id="attachment_37149" aria-describedby="caption-attachment-37149" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" class="size-large wp-image-37149" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/real-madrids-argentinian-forward-gonzal-1-1024x783.jpg" alt="" width="640" height="489" /><figcaption id="caption-attachment-37149" class="wp-caption-text">Foto:Dominique Faget/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>La siguiente fue también para Higuaín una temporada de adaptación en la que Schuster incluso le probó en banda derecha, a pesar de lo cual el argentino acabó demostrando que su sitio estaba en el área. Baste el episodio final de un cantar épico para ilustrarlo. El 4 de mayo de 2008, el Real Madrid afrontaba su primer match ball liguero de la campaña. El escenario, el Reyno de Navarra, territorio más que hostil para los blancos. Osasuna, dos puntos por encima de los puestos de descenso, se jugaba, por cierto, la vida. Durante ochenta minutos, y en medio del diluvio universal, ambos conjuntos trataron en vano de batir la meta rival. Fue hasta que, a ocho minutos del noventa, los rojillos encontraron oro gracias a Heinze, que hizo un flaco favor a su equipo al cometer un absurdo penalti por mano. En la caída recibió, quizás como castigo divino, un pisotón que le abrió una herida en el dedo de la que no dejó de manar sangre el resto del partido. Puñal no falló desde los once metros. Para más inri merengue, el terreno de juego estaba cada vez más pesado y el cuarto árbitro no dejaba volver a entrar al campo al ‘Gringo’ porque su mano se había convertido en una fuente incontenible de líquido rojo, por lo que el Madrid, con Cannavaro en la calle por doble amarilla desde el inicio de la segunda parte, se vio en el campo con nueve en las postrimerías del partido. Todo apuntaba, así, a que el alirón iba a tener que esperar al menos una semana. Cabía la posibilidad de cantarlo ante el Barça en el Bernabéu, un plato que se antojaba apetecible no, lo siguiente.</p>
<p>Pero el de aquel día en Pamplona fue un encuentro no apto para cardiosensibles. Cuatro minutos después, Robben, con un cabezazo que batió a Ricardo -acaso el primer gol con la testa de la carrera del orange-, escribió las primeras líneas de un plot-twist final de blockbuster noventero. Sin tiempo para recobrar el aliento, Ramos abrazó el anarquismo y, jugando de libre en su sentido más literal, recuperó un balón y avanzó unos metros con el mismo antes de cederlo a Diarra. El de Mali chocó con Monreal y el esférico le cayó de nuevo al Tarzán de Camas, que lo abrió a la esquina derecha del área, donde Higuaín aguardaba su momento. Como si la ejecución del chut hubiera sido en sí una experiencia lisérgica, &#8216;El Pipita&#8217; acomodó la bola con el pecho y, sin pensarlo, gritó como un gaucho desalmado aquello de «para dentro», y para dentro que fue. Si Ricardo llega a poner las manos, se queda sin ella.</p>
<figure id="attachment_37147" aria-describedby="caption-attachment-37147" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37147" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/osasuna-v-real-madrid-la-liga-1024x721.jpg" alt="" width="640" height="451" /><figcaption id="caption-attachment-37147" class="wp-caption-text">Foto:Denis Doyle/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>A partir de entonces, Higuaín logró, al fin, despuntar como goleador. Los números hablan por sí solos: 22 y 27 goles en liga en la 2008-2009 y la 2009-2010, respectivamente, una época en la que aún era posible ser pichichi con cifras terrícolas. En la primera de esas dos temporadas, además, se erigió en último clavo ardiendo madridista durante la buena racha de resultados ligueros, con Juande Ramos al frente del equipo, que permitió soñar con una remontada similar a la consumada con Capello dos años atrás. Fue después de otro malísimo inicio de campaña. Motivos para hacer del ‘Pipa’ el tótem blanco había de sobra. El 8 de noviembre de 2008, por ejemplo, se echó el equipo a la espalda y le hizo un póker al Málaga en Chamartín. El partido acabó 4-3 y reveló a un Higuaín encorajado y furioso que, una vez desatado, parecía imparable. Henchido de confianza, ni siquiera Van der Vaart ni Guti le tosieron aquel día cuando cogió el balón para lanzar los dos penaltis que le pitaron al Madrid, a pesar de que, a priori, era menos ducho en estas lides. Enemigo de lo sutil y, por ende, amante de lo salvaje, su técnica de ejecución de pena máxima se basaba en el manual de irrupción en cacharrerías para elefantes: la pelota debía entrar a la fuerza. “Yo voy de cara. Si te pones en mi camino, te la parto”, pareció decirle a Arnau antes de lanzar el primero. El guardameta catalán no pudo detener este. Tuvo excusa: la sangre del ‘Pipa’ iba con la bola cuando la golpeó. El segundo, también huérfano de trapacerías y tirado al mismo sitio, sí lo paró, pero el inevitable rechace, dada la fuerza imprimida al disparo, le llegó al ariete, que no falló. Lo dicho: o entraba o entraba. Otro apunte de aquel encuentro: tanto me sedujo la actuación del argentino, que recordaba que el tercero de sus tantos llegó tras haberse enfrentado en carrera, igual que un búfalo en pleno frenesí, a medio conjunto rival. Después de repasar el vídeo del resumen he comprobado que la jugada fue, sorpresa, de Gago. Higuaín tan sólo fue el autor del latigazo que acabó con el balón en la red. He ahí la fuerza de un mito. Ese tanto, no obstante, tuvo lugar tal y como lo recordaba. Fue, efectivamente, contra el Málaga, pero en el partido de la segunda vuelta. El otro momento memorable de aquella campaña del ‘veinte’ merengue fue su gol al Getafe en jugada individual que selló una victoria vital para las aspiraciones ligueras del Madrid. Exacto, ese partido en el que Pepe perdió completamente la cabeza. La historia de la remontada que nunca fue se terminó poco después con el 2-6 para el Barça cuyo argumento es conocido de sobra.</p>
<figure id="attachment_37150" aria-describedby="caption-attachment-37150" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37150" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/real-madrids-uruguayan-forward-gonzalo-1024x766.jpg" alt="" width="640" height="479" /><figcaption id="caption-attachment-37150" class="wp-caption-text">Pierre-Philippe Marcou/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>A pesar de sus innegables méritos, Higuaín también empezó el año siguiente en el banquillo. La revolución galáctica dospuntocero puesta en marcha por Florentino Pérez tras su regreso mesiánico deslumbró durante algún tiempo al madridismo, ansioso por olvidar todo cuanto estuviera relacionado con aquella horrorosa humillación a manos del enemigo culé. Algo tuvieron que ver en ello aquellas hiperbólicas presentaciones en el Bernabéu de Cristiano, Kaká y Benzema. No le costó mucho al ‘Pipa’, sin embargo, ganarse un puesto en la delantera junto al portugués. La cifra de goles ligueros antes apuntada -27- le dio la razón a Pellegrini en su apuesta por el argentino en detrimento de Karim, aún recién llegado y en plena adaptación. No obstante, en una campaña en la que el Madrid tampoco nutrió sus vitrinas, aquel balón que Higuaín envió al palo casi a puerta vacía en la vuelta de octavos de Champions contra el Lyon pesó mucho más que lo todo lo bueno que hizo. La eliminación de los merengues por séptimo año consecutivo en la primera ronda a doble partido ayudó a que no costara aplicar la sentencia sumarísima ni convertir al ‘Pipita’ en una de las cabezas de turco de la afición. Su peor momento como madridista, no obstante, estaba por llegar.</p>
<figure id="attachment_37151" aria-describedby="caption-attachment-37151" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37151" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/real-madrid-forward-gonzalo-higuain-l-1024x668.jpg" alt="" width="640" height="418" /><figcaption id="caption-attachment-37151" class="wp-caption-text">Foto: THIERRY ZOCCOLAN/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>La fecha, el 29 de noviembre de 2010, primer día D de la era Mourinho-Guardiola en España. Los blancos llegaron como líderes, un punto por encima del Barça, al esperado primer Clásico de aquella temporada, un duelo que se repitió hasta el hartazgo en la recta final de campaña entre liga, Champions y Copa -aunque esa y la del riesgo de implosión que corrió el fútbol español son otras historias-. Higuaín llegaba al partido como un tiro. Titular indiscutible en la delantera junto a Cristiano, seguía igual de enchufado de cara a gol que el año anterior. De Benzema se seguía esperando que acabara de amueblar la casa. El Madrid anunció su alineación con la dupla argentino-portuguesa en la punta de ataque. No obstante, de forma totalmente inesperada, Mourinho se vio obligado a cambiar sus planes. La noticia debió saltar, si mal no recuerdo, muy poco antes del inicio del partido: el ‘Pipa’ se perdía el Clásico. El motivo, una lesión de la que en un primer momento no trascendió apenas ningún dato. Antes del pitido inicial, e incluso durante el encuentro -y hablo de memoria-, no faltaron las especulaciones. Una cosa parecía clara: el argentino sufría una hernia discal. Sobre el posible tiempo de baja sólo había incertidumbres, pero el pesimismo era palpable. De aquel encuentro poco hay que decir que no se sepa. Manita incontestable del Barça y la sensación de que el conjunto de Pep era, por mucho que se intentara meterle mano, imbatible.</p>
<figure id="attachment_37152" aria-describedby="caption-attachment-37152" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37152" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/real-madrids-argentinian-forward-gonzal-1024x741.jpg" alt="" width="640" height="463" /><figcaption id="caption-attachment-37152" class="wp-caption-text">Foto:Dominique Faget/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>Lo de la hernia lo confirmó el propio club dos días más tarde. Hubo quien habló incluso de posible retirada. Sin embargo, varios meses después, uno antes de lo que predijeron los médicos, Higuaín volvió -más lento, más pesado, pero fuerte como un toro bravo- y siguió marcando, aunque ya no llegó nunca a recuperar su condición de titular, ni ese año ni los dos más que pasó vistiendo la camiseta del Madrid. La razón seguramente fuera tan sólo futbolística. Mou, que tiempo atrás había mostrado públicamente su preferencia por el ‘Pipa’ con aquella desacertada comparación del perro y el gato, acabó decantándose por Benzema en la 2011-2012. Lo hizo, de seguro, tras despejar sus serias dudas al respecto. Los dos delanteros se repartieron los minutos en la primera parte de la temporada, pero Higuaín hubo de lidiar con la mejor versión del francés hasta el momento. A pesar de ello, cuando habían empezado a escucharse rumores acerca de su salida, el argentino volvió a aparecer uno de los días en los que tocaba hacerlo, aquel en el que el Madrid podía cantar un nuevo alirón liguero. El ‘veinte’ abrió la lata del 0-3 ante el Athletic Club, un encuentro menos épico, eso sí, que el de cuatro años antes contra Osasuna.</p>
<figure id="attachment_37155" aria-describedby="caption-attachment-37155" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37155" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/real-madrid-v-malaga-copa-del-rey-1024x653.jpg" alt="" width="640" height="408" /><figcaption id="caption-attachment-37155" class="wp-caption-text">Foto: Denis Doyle/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>Quizás, después de haber luchado tanto por que las críticas se esfumaran, el hecho de que se le volviera a poner en duda y ver cómo, poco a poco, Benzema le ganaba terreno, le fue agriando el carácter. Soportó esa situación un año más. En el último partido de la temporada 2012-2013, ante Osasuna, Higuaín llevó el brazalete de capitán de un once plagado de suplentes. También marcó un tanto. No lo celebró. Harto de tener que seguir demostrando su valía en cada encuentro a pesar de su bagaje goleador, había decidido anunciar su intención de marcharse después de jugar, en zona mixta. Una vez más declinó esconderse: “Siento que terminó un ciclo acá, en el Real Madrid. Voy a escuchar ofertas. Fueron siete años, mucho tiempo, y lo dejé todo por este equipo. Salieron cosas bien, salieron cosas mal, pero ya está. Vine con dieciocho años y en siete años tuve que pelearlo siempre. El que de verdad quiere a este club sabe que lo di todo desde el día en el que llegué”.</p>
<figure id="attachment_37154" aria-describedby="caption-attachment-37154" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37154" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/fbl-ita-seriea-napoli-frosinone-1-1024x683.jpg" alt="" width="640" height="427" /><figcaption id="caption-attachment-37154" class="wp-caption-text">Foto: Carlo Hermann/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>Los deseos del ‘Pipa’ se cumplieron. Después de aquello vino su mencionada etapa en el Napoli, su clamoroso fallo en la final del Mundial 2014 y su penalti errado en la final de la Copa América 2015. También un buen puñado de goles que, sin embargo, para buena parte de la afición balompédica no fue suficiente para compensar aquellos borrones. Pasaron años hasta que al fin pudo empezar a convivir con aquello, pero su redención personal coincidió con el inicio de su cuesta abajo en el plano físico. Especular sobre cómo habría sido la carrera del ‘Pipa’ si la liberación de su mente hubiera coincidido con su madurez física y futbolística es ahora absurdo. De todo lo que una vez fue y pudo sentirse y hasta casi palparse, yo me quedo con un símbolo: la cabellera indomable de un hijo del relincho como acicate del madridismo.</p>
<p>Foto:Javier Soriano/Getty Images.</p>
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		<title>Vinicius: golpe a golpe, verso a verso</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 Jul 2022 07:54:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[decimocuarta]]></category>
		<category><![CDATA[Delantero]]></category>
		<category><![CDATA[evolución]]></category>
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		<category><![CDATA[Vinicius Jr]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Para alcanzar la eternidad no hay un único camino, cada cual sigue el suyo, irrepetible. La ruta puede ser pedregosa [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Para alcanzar la eternidad no hay un único camino, cada cual sigue el suyo, irrepetible. La ruta puede ser pedregosa o meliflua, y aunque nunca hay garantía de llegar a buen puerto, el primer caso es el que ofrece mayores posibilidades de triunfo. Como cantó Serrat al poner música a los versos de Machado, «golpe a golpe, verso a verso». Vinicius Junior, con 22 años recién cumplidos, afronta su quinta temporada en el Real Madrid, pero es la primera vez desde aquel 2018 fecundo en expectativas e incógnitas en torno al brasileño en la que lo hará con la responsabilidad de ser uno de los popes de la plantilla desde el minuto cero. Después de marcar veintidós tantos y dar dieciséis pases de gol entre todas las competiciones la pasada campaña -algunos de ellos clave como el de la final de la Champions ante el Liverpool-, el carioca ha de demostrar que esos números no fueron un espejismo. Además, la negativa de Mbappé a integrar las filas merengues le otorga al extremo madridista, de forma indirecta, un papel en el equipo no sólo relevante, sino protagonista, y lidiar con la presión que ese estatus conlleva es un reto en absoluto baladí. Lo difícil, dicen, no es llegar, sino mantenerse. Pero, hablando de Vinicius, existen motivos para el optimismo</p>
<figure id="attachment_37115" aria-describedby="caption-attachment-37115" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37115" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/liverpool-fc-v-real-madrid-uefa-champions-league-final-2021-22-3-1024x673.jpg" alt="" width="640" height="421" /><figcaption id="caption-attachment-37115" class="wp-caption-text">Foto: Shaun Botterill/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>Hay una reflexión ampliamente conocida, tanto que hace ya mucho tiempo trascendió el espectro de influencia del cine, su cuna, para echar profundas raíces en el vasto océano de la cultura pop: «Ni tú, ni yo, ni nadie golpea más fuerte que la vida, pero no importa lo fuerte que golpeas, sino lo fuerte que pueden golpearte, y lo aguantas mientras avanzas, hay que soportar sin dejar de aguantar». Rocky Balboa, en el film homónimo de 2006, usaba el boxeo y su propia experiencia sobre el ring para tratar de dar una lección vital a su quejoso hijo, un joven con ínfulas de mártir. Fajador nato, si en algo era experto el Potro Italiano encarnado por Silvester Stallone era en recibir palos, tanto en el cuadrilátero como en la vida, pero también en hacer de tripas corazón y, a base de aguante, inteligencia y arrestos, acabar encontrando siempre la forma de salir adelante. Normal, si estaba más que acostumbrado a convivir con el dolor.</p>
<figure id="attachment_37118" aria-describedby="caption-attachment-37118" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37118" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/fbl-eur-c1-real-madrid-man-city-1-1-1024x683.jpg" alt="" width="640" height="427" /><figcaption id="caption-attachment-37118" class="wp-caption-text">Foto:Javier Soriano/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>Por Vinicius Junior, como por Rocky Balboa en su primer combate contra el campeón del mundo Apollo Creed, nadie daba un duro hace ahora un año. Después de tres campañas de mucho ruido y pocas nueces, la imagen del brasileño que compartían los aficionados al fútbol en el verano de 2021 era la de aquel futbolista excesivamente impetuoso, una manigua de gambeta y prisa que apuntaba maneras pero que fallaba de manera escandalosa allá donde los grandes siempre marcan la diferencia: en el área. Sin embargo, como un escolar aplicado al que le había ido mal el curso anterior en clase, Vinicius, a pesar de las voces que afirmaban que no valía para esto, no dejó nunca de batirse el cobre y se esmeró en completar con acierto un cuaderno de Vacaciones Santillana tras otro hasta que acudió a la rentrée futbolística de 2021 con la madurez y el aplomo que antes le faltaban. Interpretando al poeta, para alcanzar la gloria no hay que perseguirla, ni siquiera ansiarla. El resultado ya lo conocemos: Vini convirtió las burlas en aplausos y se erigió en innegable tótem merengue durante toda la campaña 21-22, o en uno de ellos, al menos. Una liga y una Champions después, hoy la realidad es bien distinta a la del año pasado a estas alturas, hoy el madridismo mira al inminente inicio de temporada con la seguridad de que alcanzar la victoria en cada encuentro parece una empresa un poco más asequible sabiendo que Ancelotti cuenta en sus filas con un terremoto eborario partiendo del flanco izquierdo.</p>
<figure id="attachment_37116" aria-describedby="caption-attachment-37116" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37116" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/fbl-eur-c1-liverpool-real-madrid-10-1024x683.jpg" alt="" width="640" height="427" /><figcaption id="caption-attachment-37116" class="wp-caption-text">Foto:Franck Fife/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>Confiar en el hombre del gol de la Decimocuarta es hacerlo en la filosofía de la constancia, en la del pico y pala, en la de caer y levantarse aprendiendo a resistir cada golpe que te tumba, lo cual implica no sólo repetir con paciencia algo en lo que uno cree una vez y otra hasta que acabe saliendo bien, sino, además, no guardarse nada y darlo todo en cada carrera, en cada regate, en cada chut y en cada lágrima, un sobreesfuerzo que, a la larga, te hace, inevitablemente, más fuerte, recompensa reservada a quienes logran, a base de tesón, comprender la anatomía del sufrimiento. Es lo que diferenciaba a Rocky y lo que diferencia a Vinicius de otros: su éxito es una consecuencia de asumir el fracaso como aprendizaje. Como en aquella película noventera, &#8216;Gattaca&#8217;, ambientada en un futuro obsesionado con la selección natural en la que dos hermanos -uno con diversas enfermedades crónicas fruto de los incontrolables azares biológicos y otro diseñado por genetistas como una máquina física e intelectual perfecta- se baten en carrera en el mar por vez enésima y, contra todo pronóstico y al contrario de lo que había ocurrido siempre, acaba ganando el, supuestamente, más débil. El derrotado, ya exhausto y preocupado por si le quedarán fuerzas para regresar a la orilla, le pregunta al otro cómo ha conseguido vencerle siendo en teoría inferior, y este le responde: «Porque nunca me dejé nada para la vuelta».</p>
<figure id="attachment_37117" aria-describedby="caption-attachment-37117" style="width: 640px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-37117" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/fbl-esp-liga-real-madrid-espanyol-1-2-1024x683.jpg" alt="" width="640" height="427" /><figcaption id="caption-attachment-37117" class="wp-caption-text">Foto:Gabriel Bouys/Getty Images.</figcaption></figure>
<p>Hay, de hecho, cierto espíritu suicida en cada acción de Vinicius sobre el césped, cierta querencia al radicalismo, a llevar cada situación al límite como si fuese a ser la última y hubiera que disfrutarla al máximo, una osadía que siembra esa poderosa atracción entre fatalista y entusiasta que también exhalan los poetas malditos. Igual que pasaba con Gatsby al hacer acto de presencia en aquellas soirées de boato y alpiste frecuentadas por socialités y demás fauna diversa, cuando Vinicius controla el balón en la banda, la grada levita mecida por un runrún espumoso, la acostumbrada expectación que levanta la calma previa a la estampida o al prodigio y que sólo generan unos pocos elegidos. Toca pisar donde otros antes pisaron hasta convertirse en leyenda, pero con sello propio, porque aunque «todo pasa y todo queda», ya se sabe: para el caminante «no hay camino», sino que «se hace camino al andar», y no hay otra forma de alcanzar la inmortalidad en el firmamento madridista: golpe a golpe, verso a verso, regate a regate, gol a gol.</p>
<p>Foto: Paul Ellis/ Getty Images.</p>
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		<title>Opinión &#124; Ici c&#8217;est Madrid</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 May 2022 14:13:46 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Pasadas las once y media de la noche de este sábado, un exultante Luka Modric corrió hacia Toni Kroos, tumbado [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Pasadas las once y media de la noche de este sábado, un exultante Luka Modric corrió hacia Toni Kroos, tumbado boca abajo en el césped del Stade de France, se tiró encima de él y lo abrazó por la espalda. Unos segundos después, ambos se revolcaron en la hierba entre sonrisas desbocadas, igual que dos novios adolescentes que disfrutan de su amor recién inaugurado. Si se hubiera tratado de la escena de una serie juvenil, habría sonado alguna canción pop rayana en lo cursi, pero era la celebración de <a href="https://madridistareal.com/la-champions-regresa-a-su-templo/">la decimocuarta Champions League del Real Madrid</a> y lo que se oía era el &#8216;We are the champions&#8217; de Queen. Hay que apuntar otro detalle: Modric y Kroos no son pareja primeriza, sino un matrimonio consolidado que, a pesar de los años, no ha perdido la ilusión. Jugando juntos han ganado cuatro de esas Copas de Europa, pero por sus gestos eufóricos parecía que acababan de conseguir la primera. Si hoy en día alguien todavía necesita preguntar qué es el Real Madrid, basta con ponerle el vídeo del abrazo entre Modric y Kroos para que lo entienda.</p>
<p>Ninguno de ellos dos -tampoco Casemiro, el tercer componente de un centro del campo inolvidable- fue, sin embargo, protagonista en la final contra el Liverpool, sino que los focos apuntaron a tres futbolistas que sí conquistaron por primera vez La Orejona: el inagotable Valverde, una fuerza de la naturaleza, una estampida que cabalga al ritmo de sones selváticos, autor del pase del único tanto del encuentro a Vinicius, el sumun de la verticalidad, que ha convertido las burlas en reverencias y runrunes en el área y ya presume de gol histórico, y el hombre de la noche, un Courtois infranqueable, señor del cielo y de la tierra, mastodonte a la vez que felino, un prodigio. Fueron los nombres propios de otra noche más con aroma de épica, la enésima en esta Champions sin parangón. Sufrieron los de Ancelotti, era lo que tocaba, pero el territorio del Madrid es la turbulencia. No importa lo adversa que sea la situación ni los goles que haya que remontar, PSG, Chelsea y City han aprendido este año que nadie mejor que el Madrid sabe transitar por los abismos. Con la avalancha ofensiva inicial del Liverpool, el guion de las remontadas parecía destinado a repetirse, pero Courtois se empeñó en demostrar que los finales con plot twist dejan un mejor sabor de boca. Las paradas a Mané y a Salah ya se han incorporado a los manuales básicos para porteros en el capítulo de hazañas. El resto del equipo hizo suyo uno de los versos del himno clásico madridista, «todo nervio y corazón», y se impuso en la inmensa mayoría de los duelos por balones divididos, un trabajo coral de sacrificio que emocionaba. No corrían, sino que volaban. Normal, les alentaba el peso de una historia enciclopédica preñada de gestas por toda Europa.</p>
<p>Ni siquiera hizo falta un gol agónico de Rodrygo, ni siquiera un tanto del imperial y ya legendario Benzema, al que sólo el VAR impidió, de manera inexplicable, abrir la lata. Su grito celebrando su decimosexto gol en el torneo habría sido la guinda de un pastel que, aun así, tuvo un marcado acento francés -el escenario, el partidazo de Courtois, el eco del fichaje fallido de Mbappé-. Esto es el Madrid y nada más, como dice el himno de la Décima, y es algo que cabe repetir cada vez con más fuerza. En este universo futbolístico infectado de petrodólares, a cada nuevo jugador que, a partir de ahora, decida formar parte de la familia madridista, habría que saludarlo así: bienvenido al hogar de la fe, el desenfreno y la victoria: ici c&#8217;est Madrid.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Foto: Julian Finney/Getty Images</strong></p>
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		<title>Opinión &#124; Una noche de safari</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 05 May 2022 14:50:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Champions League]]></category>
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		<category><![CDATA[Rodrygo Goes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Todo ha ocurrido en dos minutos, que en el Bernabéu es el tiempo que, por lo visto, se tarda en [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://madridistareal.com/una-noche-de-safari/">Opinión | Una noche de safari</a> se publicó primero en <a href="https://madridistareal.com">madridistaReal</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3 dir="ltr">Todo ha ocurrido en dos minutos, que en el Bernabéu es el tiempo que, por lo visto, se tarda en llegar a la locura, de la cual dijo Poe que la ciencia «no ha enseñado si es o no lo más sublime de la inteligencia». Desde luego, no hay manera más inteligente de conseguir un objetivo que andarse sin rodeos y optar por la vía rápida, ni tampoco más loca que la que ha vuelto a escoger el Madrid: al borde del KO más incontestable, ha decidido obviar de nuevo las leyes de la lógica y empatar en un brevísimo periodo de éxtasis una eliminatoria que el City tenía en el bolsillo a las puertas del final.</h3>
<p dir="ltr">Pintaban bastos para el madridismo con el 0-1 citizen, pero sólo en noches de terror tienen sentido hechos sobrenaturales, sólo en noches de terror se materializan los fantasmas, delanteros invisibles como Rodrygo, una serpiente dinámica con remate de aguja que ha aparecido dos veces de no se sabe qué dimensión recóndita del área para sellar el milagro del 2-1. Diez minutos después, <a href="https://madridistareal.com/cronica-champions-real-madrid-nos-vamos-paris/">el Madrid ya había marcado el tercero y completado la remontada.</a></p>
<p dir="ltr">El 3 de abril de 1970, Urtain se enfrentó al alemán Weiland por el campeonato de Europa de pesos pesados sobre el ring del Palacio de Deportes de Madrid. &#8216;El Morrosko&#8217;, extenuado, rayano en la decepción y a punto de sucumbir ante la mole germana, se sacó de la chistera un repentino uppercat e inauguró un frenesí impreciso de golpes que noquearon a su rival. Manuel Alcántara lo contó así: «Los tremendos hachazos recibidos en los parietales hubieran tumbado a un elefante. El emocionante safari había terminado». Lo que ha ocurrido en el Bernabéu es un fenómeno similar a aquel, aunque no tiene que ver sólo con el acierto propio, sino también con el espanto ajeno, con el tembleque que se instala en las piernas de los jugadores visitantes cuando, tras una simple anécdota como rescatar in extremis un balón que se iba fuera, el público entra en ebullición y la camiseta blanca revela el peso de su historia. Además, cuenta con sello particular desde hace décadas. Este mediodía, Jabois ha recordado en El País que fue Valdano, en un artículo publicado en Revista Occidente en 1986, quien le puso nombre: miedo escénico. Es el sintagma más repetido al respecto, si bien en los últimos años también se le ha llamado &#8216;ADN Real Madrid&#8217;, opción con cada vez más adeptos. Lo que coincide en ambas es que son intentos de dar explicación a algo para lo cual los términos meramente futbolísticos se quedan cortos, algo para lo cual no existen argumentos terrenales.</p>
<p dir="ltr">Esta noche, tras el partido, Guillem Balagué, que antes se había hartado de dar razones objetivas para considerar favorito al City, lo tenía claro: «Habrá que hablar de cocina». Apuntar eso era ya su mejor baza. Por tanto, que se abstengan los escépticos de hacerse llamar madridistas: ejercer el madridismo es una labor reservada para aquellos capaces de creer en supuestas quimeras bajo cualquier circunstancia. Ya lo dijo Sherlock Holmes: «Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad».</p>
<p dir="ltr">La fuerza del madridismo está en la perennidad de esa certeza, en el compromiso individual de que la difundirá de una generación a otra. Me imagino en el futuro, dentro de muchos, muchos años, ya peinando canas y castigado por mil achaques, en una tarde de miércoles como la de hoy antes del encuentro ante el City, en la que el Madrid tenga también que afrontar el desafío de remontar una eliminatoria de forma heroica, porque el heroísmo es su estado natural. Cogeré a mi nieto de la mano y, antes de poner rumbo al Bernabéu, cuando me pregunte, inocente, a dónde le llevo, le contestaré: «Prepárate, esta noche nos vamos de safari».</p>
<p dir="ltr" style="text-align: right;"><strong>Foto: GABRIEL BOUYS/AFP via Getty Images</strong></p>
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		<title>Opinión &#124; Contra el supremacismo estilístico</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 Apr 2022 06:00:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Bayern Munich]]></category>
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		<category><![CDATA[Periodismo]]></category>
		<category><![CDATA[Real Madrid]]></category>
		<category><![CDATA[Xavi]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Julian Nagelsmann, entrenador del Bayern de Munich, soltó una perla después de que su equipo cayera eliminado ante el Villarreal [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Julian Nagelsmann, entrenador del Bayern de Munich, soltó una perla después de que su equipo cayera eliminado ante el Villarreal en los cuartos de Champions. Tras el 1-0 favorable al Submarino Amarillo en la ida, los bávaros se lanzaron en avalancha a por la remontada en el partido definitivo. Más de veinte tiros en casi noventa minutos les sirvieron para ir venciendo 1-0 en su feudo, pero el Villarreal, en una contra, puso el 1-1 en el marcador en los minutos finales. Fue el cuarto chut en todo el partido del conjunto español. «Es parte de la mentalidad española y de los equipos del sur», dijo Nagelsmann al referirse al juego económico de los de Unai Emery, una afirmación en la que es imposible no intuir -y quizás la Historia induce a ello- cierto desprecio supremacista.</p>
<p>Dos días más tarde, el FC Barcelona cayó de forma estrepitosa por 2-3 ante el Eintracht de Frankfurt, un equipo teóricamente inferior a los culés, y quedó apeado de la Europa League, un torneo teóricamente inferior para el Barça. Los alemanes hicieron del contragolpe su arma más letal durante el encuentro, una cuestión difícil de asumir para un club como el blaugrana, autoproclamado garante de la belleza balompédica, la que ellos dictan, claro. Además, el escozor por la derrota creció en decibelios después de que el Madrid eliminara el martes al Chelsea en Champions de una forma tan épica como fangosa, carente de toda clase de estética e inexplicable con argumentos terrenales: tras ganar 1-3 en la ida, los ingleses le dieron la vuelta a la eliminatoria con un 0-3 incontestable, pero los blancos, a base de fe, casi a la fuerza, a trompicones, pudieron empatar el resultado global con un gol en las postrimerías del partido y luego rematar la faena tras los 90 minutos con otro tanto que fijó el 2-3 final. «Nosotros tenemos la obligación de ganar y jugar bien. No nos sirve sólo ganar porque se genera un debate toda la semana. Por eso el Barça es el club más difícil del mundo», manifestó el entrenador del FC Barcelona, Xavi Hernández, tras su derrota. Y es que, ya se sabe, como escribió Borges en ‘El Aleph’, «el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable”.</p>
<p>Para gustos futbolísticos los colores, por supuesto, pero el problema viene cuando la defensa de un estilo florido y vistoso desprende un tufo elitista y, por tanto, también en ocasiones -sólo cuando se gana-, condescendiente. Creerse el dueño de una idea sólo llama a la intolerancia, cerrarse en banda y alimentar la tozudez sólo conduce al fracaso, despreciar a quien no comparte tu credo sólo te hace más ridículo.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Foto: LLUIS GENE/AFP via Getty Images</strong></p>
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		<title>Opinión &#124; Ancelotti y la teoría de la piedra</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Mar 2022 17:43:42 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Los seres humanos somos criaturas expertas en complicarnos la vida. Hay un amigo que lo llama la teoría de la [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Los seres humanos somos criaturas expertas en complicarnos la vida. Hay un amigo que lo llama la teoría de la piedra, un sintagma que encierra poco misterio. La idea es muy básica: cuanto más llano sea el camino a recorrer, más intenso será nuestro afán de autoboicot y más piedras nos iremos colocando a lo largo del trayecto, sin perjuicio de que la meta pueda acabar alcanzándose con éxito.</strong></h3>
<p>Yo le compro la reflexión porque, en mi caso y en el de la mayoría de quienes conozco, tiene cabida totalmente. <strong>Una vida proletaria habituada a la frustración y al castigo, que comienza ya en época lactante cuando te dan el cambiazo de pezón por goma, le hace a uno recelar de toda aquella respuesta rápida y sencilla a cualquier clase de problema y buscar la alternativa compleja, la de verdad</strong>. Además, aquí entra en acción lo que eruditos de la taberna acertaron a llamar el síndrome MacGyver, una extendida patología del genoma masculino: vemos en un escenario adverso la ocasión propicia para lucirnos, una manera demasiado primaria de intentar demostrarnos que, en el fondo, sí que valemos para algo, aunque el resultado, como en todo lo demás, también suela ser el fracaso. Eso, ya digo, <strong>es normal que lo sufra un pamplinas como yo, pero a quien no tiene sentido que le pase es a alguien como Ancelotti</strong>, que no ha de demostrarle ya nada a nadie.</p>
<p><strong>Me lo imagino en su despacho, horas antes del Clásico, escuchando en bucle &#8216;Kind of blue&#8217; mientras imagina quimeras</strong>, porque imaginar quimeras es lo que se hace cuando tratas de ejecutar algo imposible como sustituir en tu alineación tipo a alguien insustituible que es baja por lesión, llámese en este caso Karim Benzema. En la mente carlettiana se abrirían dos opciones: una, hacer algo tan sencillo como darle la titularidad a otro de los dos arietes de plantilla y alterar el esquema lo menos posible; dos, jugársela con un intento de un tour de force con Modric de falso nueve, una apuesta arriesgada e innecesaria para el equipo y también para él, claro.</p>
<p><strong>Si yo atesorara en mi carrera periodística un mérito equivalente a haber revolucionado el fútbol italiano de primeros del XXI con la reconversión de Pirlo de trequartista a mediocentro, no sólo habría tramitado de manera inmediata mi jubilación anticipada, sino que también me esforzaría por recordar mi hito</strong>, aunque no viniera al caso, cada vez que tuviera oportunidad. Pero resulta que mi mayor logro profesional es comparable a haber metido el último tanto de una goleada cuando el rival está hundido y no ofrece ya ninguna resistencia, es decir, el más fácil de todos los goles, y hacerlo, además, después de que el balón me haya tocado el culo tras un triple rebote en el área pequeña, y por eso no me queda más remedio que seguir aspirando al gol de mi vida. Y, ahora, de repente, caigo en la cuenta: <strong>quizás Ancelotti considera que haber revolucionado el fútbol italiano de primeros del XXI inventándose al Pirlo mediocentro no fue el gol de su vida</strong>, quizás aún está en plena búsqueda de la excelencia y quizás, por ello, quiso seguir poniéndose a prueba colocando una piedra descomunal en su senda aun a riesgo de no poder esquivarla.</p>
<p>Se vio, de seguro, victorioso al día siguiente, copando las portadas deportivas y ajenas, colmado de elogios que lo encumbraban como el último de los estrategas capaz de conquistar repúblicas exóticas sin necesidad de salir del centro de mando. Pero pasó lo que pasó: <strong>el tour de force resultó ser un desastre y aquello terminó en la catástrofe ya conocida, <a href="https://madridistareal.com/gran-barcelona-desdibujo-a-un-gris-madrid/">la goleada culé incontestable</a></strong>. Adiós a las portadas, adiós a los halagos, adiós a la gloria derivada de las épicas conquistas. Soñar a lo grande es gratis, pero a veces lo soñado debería permanecer para siempre en el inescrutable terreno de lo onírico, allá donde todos los caminos son completamente lisos, donde los bebés se alimentan de senos inagotables y donde Karim Benzema nunca cae lesionado.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Foto: Denis Doyle / Getty Images</strong></p>
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		<title>Vinicius y Rodrygo: los caminos hacia la felicidad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Feb 2022 09:00:06 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Corría, creo recordar, noviembre de 2019 y atravesaba yo la Plaza de Santa María de Jaén cuando mi querido F. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Corría, creo recordar, noviembre de 2019 y atravesaba yo la Plaza de Santa María de Jaén cuando mi querido F. me abordó vía WhatsApp para confesarme ciertas cuitas amorosas. Decidí contestarle con un mensaje de voz. Aunque recién desayunado y con más energía que un perro en celo, empecé a hablar, lo reconozco, algo dubitativo, pero sólo fue hasta que recurrí al símil futbolístico. El entorno ilustre invitaba a hilar fino, como así creo que hice. Me he sentido tentado de transcribir el mensaje original, sin florituras añadidas, pero cabe esmerarse una vez más en practicar el artificio. Qué es escribir sino embelesar.</h3>
<p>Lo que le pasaba a F. es que acababa de sumar un nuevo fracaso en su idealizada búsqueda de su media naranja, algo que en las universidades deberían estudiar bajo el nombre de «efecto Mosby». Para ahuyentar pensamientos absurdos, básicamente pretendí hacer ver a mi amigo que la actitud ante la vida lo es todo, yo, el ser más pesimista de cuantos habitan el planeta Tierra. Le recordé cierta vez que N., él y yo salimos juntos en Jaén, en junio o julio del año anterior, cuando no rondaban su cabeza ideas sobre el despecho y el desamor dignas de alimentar guiones de sitcoms norteamericanas. «Ahí estabas tú pletórico, ahí no había huevos», le indiqué, en un alarde de facundia. «Hay que dejarse llevar, hay que afrontar el día a día con más&#8230; cómo te digo yo&#8230; igual que Rodrygo controla el balón, con fluidez».</p>
<p>Cariocas, uno nacido en el 2000 y otro en 2001, extremos, apuestas de futuro, incertidumbres. Son distintos, pero la comparación entre Vinicius y Rodrygo desde que aterrizaron en Madrid es inevitable. Por entonces -recuerdo: finales de 2019-, la diferencia definitiva entre ambos, para mí, estaba bastante clara y concernía a lo psicológico. Vinicius representaba el paradigma del hombre preocupado. El miedo a los pitos, el peso de los 45 o 50 kilos que costó, el conflicto entre ser fiel a uno mismo y repetir lo que antes acabó en error aunque acabara en error o intentar algo nuevo porque se supone que es lo más correcto, lo más lógico, dos conceptos altamente inflamables. Y ya se sabe: quien juega con fuego, termina quemándose. Igual que ahora, Vinicius en 2019 ya regateaba, porque siempre lo ha sabido hacer, y solía salir exitoso de los duelos, pero luego llegaba el momento de pensar con frialdad y acontecía el descalabro. Literalmente: se caía. Se tropezaba y al suelo. Un mal golpeo de balón, un intento de exhibición técnica en lugar de una solución práctica que acababa en estrépito. Por el contrario, Rodrygo -le expliqué yo a F.- actuaba por puro instinto. «Controla con suavidad, como una anguila en el agua, pum, controla, regatea, parece&#8230; un&#8230; parece un&#8230; un&#8230; un gusanillo moviéndose, pum, por eso lleva dos goles en tres o cuatro partidos de liga que ha jugado y Vinicius ha marcado sólo dos entre el año pasado y este», detallé antes de sentenciar: «Hay que ser más como Rodrygo».</p>
<p>Cuatro meses después, Vini abrió la lata en el recordado Clásico pre-covid que terminó 2-0 para el Madrid, una actuación decisiva que alimentó tímidas esperanzas. Ocho meses más tarde de aquella conversación por WhatsApp, el brasileño volvió a destacar en un partido de forma notable. Había más seguridad en su proceder, menos precipitación. Parecía haber aprendido de parte de sus errores y haberse ganado la confianza del vestuario. Hoy, que ya han pasado dos años y algo desde el día y la reflexión de marras, <a href="https://madridistareal.com/opinion-vinicius-senior/">Vinicius ha confirmado su estallido como astro emergente</a> y teje con precisión su blanco uniforme de clavo ardiendo al que aferrarse en caso de necesidad merengue. Y en todo ese proceso, Rodrygo, por cuya defensa me he jugado el criterio futbolístico desde su debut, ha visto reducida su influencia en el devenir del equipo a meros destellos. Debería coger el teléfono y confesarle a F. mi habilidad escasa para el consejo. Está claro que no hay un sólo camino hacia la felicidad: tanto en lo amoroso como en lo futbolístico también se puede ser como Vinicius.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Foto: Aitor Alcalde/Getty Images</strong></p>
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		<title>Opinión &#124; El pesimista</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 22 Aug 2021 13:19:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Ancelotti]]></category>
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		<category><![CDATA[Nacho Fernández]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A pesar de su impecable hoja de servicios y su gran campaña pasada, hay quien todavía duda de que Nacho [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>A pesar de su impecable hoja de servicios y su gran campaña pasada, hay quien todavía duda de que Nacho Fernández tenga nivel y empaque para ser titular indiscutible en el Real Madrid. Con su actuación expeditiva en el debut liguero de esta temporada, gol incluido, demostró que está hecho de otra pasta. Ancelotti lo definió como un defensor “pesimista” porque “siempre piensa que algo malo puede pasar”, fruto de lo cual “está siempre concentrado”, y es esa actitud la que le ha llevado a no decaer nunca a pesar de la falta de reconocimiento.</strong></p>
<p>Al principio de &#8216;Los 7 samuráis&#8217; (1954), un grupo de pobrecitos campesinos saqueados por los bandidos viaja a la ciudad para buscar expertos en el arte de la guerra que defiendan su pueblo. Un día son testigos de un suceso esperanzador para sus intereses. En pleno rastreo, ven a un samurái de gesto solemne que, imperturbable, se acerca a un río y pide que le afeiten la cabeza. La gente, curiosa, se concentra a su alrededor. Uno pregunta qué pasa y otro cuenta que un ladrón ha raptado a un niño de 7 años, se ha encerrado con él en una casa y amenaza con matarlo. Los vecinos, desesperados, le han implorado ayuda al samurái, que ha aceptado el reto. Luego ha dicho que le lleven dos bolas de arroz y ropas de un monje. Una vez con la cabeza totalmente desnuda y ya disfrazado, se acerca a la casa y, entre los gritos amenazadores del secuestrador, el misterioso guerrero logra convencer a este de que tan sólo es un simple monje que ha ido a llevarle comida. El delincuente no tarda en caer en la trampa. La intervención es fugacísima. En un segundo, el samurái accede al inmueble, atraviesa al raptor con su katana y rescata al niño. El pueblo celebra el final feliz del caso, pero el héroe apenas mueve una pestaña y decide seguir con su camino. Un joven, fascinado, corre hacia él y casi le suplica que le acepte como discípulo. El samurái, en la primera muestra de humanidad en su rostro, arquea las cejas, sonríe y, divertido, le explica que es un ronin, un guerrero sin amo ni señor, un outsider en toda regla, y se niega a asumir esa responsabilidad. «Yo no tengo ninguna habilidad especial, sólo mucha experiencia en batallas. En perderlas todas».</p>
<p>Es algo que se ha repetido hasta la saciedad: no hay mejor manera para aprender a ganar que fracasar decenas de veces. Esquivar los batacazos, además de que no conviene en ese sentido didáctico, es, por otro lado, harto complicado porque la derrota tiene múltiples formas y casi nunca elige la misma que la vez anterior. Lo más inteligente, entonces, es asumir el fracaso cuando golpea, tomar conciencia de su inevitabilidad y perderle, de este modo, el miedo. Sólo quien es capaz de comprender esto consigue sobreponerse a las dificultades más atroces: para salir del fango primero hay que conocer sus profundidades.</p>
<p>En el fútbol, como en cualquier ámbito de la vida, este principio es impepinable, y ejemplos de su cumplimiento los hay a montones. El de Nacho Fernández es de los más claros. Desde su debut con el primer equipo del Real Madrid, nunca ha importado cuánto tiempo hubiera estado sin jugar ni tampoco qué posición en la retaguardia debía ocupar -si lateral diestro, lateral zurdo o central-, que, cuando se han requerido sus servicios, ha dado un paso al frente y ha demostrado con creces su valía. Y a pesar de su hoja de servicios casi impecable, el destino le ha deparado una vez y otra el tan amargo revés del banquillo, quizás perjudicado por lo que en verdad es su gran virtud: su capacidad camaleónica para cubrir cualquier responsabilidad en una línea defensiva de cuatro. Con el trabajo mudo como alpiste, ha esperado, paciente, su gran oportunidad, que llegó la campaña pasada con las dilatadas bajas de Ramos y Varane. No pudo aprovecharla mejor. Tras la marcha del club de la histórica pareja de centrales y asumiendo que uno de los dos puestos vacantes será para el gran fichaje blanco del año, Alaba, este verano se ha abierto un disputado casting entre Militao y Nacho en el que nadie o muy pocos daban un duro por el segundo. Hasta este sábado. La incógnita sigue vigente porque en la primera jornada liguera ambos acabaron jugando con Alaba en el flanco izquierdo de la zaga por las lesiones de Mendy y Marcelo. Nacho respondió a los aún escépticos con una actuación muy seria que hasta coronó con un gol.</p>
<p>Carletto, siempre fino, le definió de forma curiosa después del partido: «Hay dos tipos de defensa en mi manera de entender el fútbol. El optimista y el pesimista. Nacho es un defensor pesimista porque siempre piensa que algo malo puede pasar, y por eso está concentrado los 90 minutos». Y ese presentimiento de que el coco está a la vuelta de la esquina no lo limita Nacho a lo que acontece durante un partido, sino que se extiende al largo transcurso de la temporada, acaso al de todas las temporadas, sabedor de que hacerlo siempre bien no le ha bastado para ganarse el respeto generalizado que, por méritos, ya merece. El comodín, el herido, el soldado sin miedo, el guerrero más fiable.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Foto: Imago</strong></p>
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		<title>Opinión &#124; Sergio Ramos. El ruido del silencio</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Jun 2021 07:00:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>24 de mayo de 2014, sábado, la medianoche aguarda, impaciente, a la vuelta de la esquina. En un piso de [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://madridistareal.com/opinion-sergio-ramos-el-ruido-del-silencio/">Opinión | Sergio Ramos. El ruido del silencio</a> se publicó primero en <a href="https://madridistareal.com">madridistaReal</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>24 de mayo de 2014, sábado, la medianoche aguarda, impaciente, a la vuelta de la esquina. En un piso de Guzmán el Bueno, en la vetusta Madrid, se masca la tragedia. Es el <em>tercerodé</em> del número 42 de la Avenida Reina Victoria. En el salón, un espacio ridículo del abrumador universo, cinco personas de gesto torcido guardan silencio con los ojos fijos en el televisor. De sus bocas apenas ha salido una palabra en la última hora, y en verdad esos sesenta minutos con reprís son el reflejo de una espera que ya dura doce largos años. </strong></h3>
<p>Huelga aclararlo, pero Real Madrid y Atlético están jugando la final de la Champions y los blancos, que no ganan el título desde 2002, caen por uno desde la primera parte. El cronómetro acaba de llegar al noventa. Aunque a los integrantes del quinteto, empedernidos madridistas, les queda tiempo para la esperanza, el doloroso fracaso comienza a asumirse. Todo cambiará, sin embargo, en apenas unos segundos, sobre la campana. Ninguno de los cinco lo sabe aún, pero están a punto de violar el mutismo y de hacer tambalear el cosmos con un grito alimentado año tras año que, de tan fuerte, no va a oírse: del mismo modo que Dios, según los místicos, era una luz que no iluminaba, sino que cegaba porque era inabarcable para el entendimiento humano, la abundancia de ruido es igual al silencio. Antes de que eso ocurra, todavía, a través de los altavoces de la tele, escuchan al inquieto público del Estádio da Luz cuando Luka Modric coloca, diligente, el balón en el córner. También cuando golpea la bola de diestra. También mientras el esférico sobrevuela el césped lisboeta rumbo al área atlética, el fortín de los del Cholo. Entonces Sergio Ramos sale a escena y el rumor gaseoso de las gradas entra en sordina.</p>
<p>En 1955, Juan Rulfo contó que Juan Preciado fue a Comala porque le dijeron que allá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, pero se encontró con un pueblo vacío y “lleno de ecos”. Eran las voces de quienes habitaron la Media Luna en un tiempo que no existió o que existió hace no se sabe cuánto. Se resistían a irse. Aún lo hacen. Y ese estar sin estar tan sólo era -es- posible gracias al silencio, al vacío, a la nada. De haber prevalecido la vida en Comala, el bullicio propio del estar estando habría sepultado, que no suprimido, las tenues aunque incesantes voces del pasado. La propia Comala era -es- una voz del pasado, y por eso no hay sólo una Comala, sino que, en un mundo herido de horror vacui, se repite una vez por cada silencio, independientemente del lugar y del momento. No se va hacia ella, por tanto, sino que ella regresa. <strong>Los ecos, los ecos del ayer regresan, y lo hacen con una fuerza cósmica. No en vano en el silencio todo se exagera, en el silencio todo se agranda.</strong> A Juan Preciado, según confesaría posteriormente, le mataron los murmullos de Comala.</p>
<p><strong>Sergio Ramos siempre fue la hipóstasis del exceso. Para lo bueno y para lo malo. Por eso reinó tanto en el silencio como en el ruido.</strong> Lo demuestran las estadísticas y los hechos: el sutil traje blanco de corte proxeneta de Las Vegas con el que llegó a una convocatoria de la Selección cuando los medios especulaban sobre su fichaje por el Madrid, su récord como defensa más goleador de la historia de LaLiga, su récord como futbolista más expulsado de la historia de LaLiga, su récord -compartido con Koeman- como defensa más goleador de la historia de los Clásicos, la noche nefasta del invierno de 2005 ante el Barcelona en la que Ronaldinho lo ridiculizó, su penalti a las nubes en las semis de Champions contra el Bayern en 2012, su racha de 25 intentos sin fallo desde los once metros. Reconocido en Madrid como héroe y repudiado cual judas en su cuna sevillana, el camero lenguaraz rehuyó la discreción y forjó su leyenda a base de estrépito, a base de golpes. «El Tambor de Camas» le llamaban en la tricampeona España colmada de violines.</p>
<p>El balón de Modric alcanza el corazón del área y Sergio Ramos lo ataca con la cabeza de manera formidable. La estirada de Courtois, aunque modélica, es insuficiente, y el esférico estrellado acaba dentro de la portería. Los cinco madridistas del piso de la Avenida Reina Victoria se entregan a la locura más primitiva y se funden en un histérico y trabucado abrazo. De la culminación de la remontada y la conquista de la Décima para las vitrinas merengues poco hay que decir que no se haya dicho ya.</p>
<p>Han pasado siete años, pero mi memoria retiene con nitidez cada minúsculo detalle de aquel momento. Por si no ha quedado ya claro, yo era uno de los integrantes del quinteto enfervorecido, y juro que el recuerdo de aquello es sordo. Y, sin embargo, a la misma vez estoy convencido de nuestro grito al unísono. <strong>Igual que la historia de Ramos no se entiende sin maniqueísmos, la naturaleza del grito de liberación que provocó su gol en Lisboa también es paradójica.</strong> Todo, acción y reacción, tuvo lugar en un segundo, y a pesar de ello su eco perdura en el hoy y se manifiesta en cualquier sitio. Comala es a Juan Preciado lo que el gol de Ramos al madridismo.</p>
<figure id="attachment_31050" aria-describedby="caption-attachment-31050" style="width: 640px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-31050" src="https://madridistareal.com/wp-content/uploads/2023/11/1003169468-1024x634.jpg" alt="sergio ramos real madrid" width="640" height="396" /><figcaption id="caption-attachment-31050" class="wp-caption-text"><strong>Foto: Cordon Press / Imago</strong></figcaption></figure>
<p>Después de dieciséis años, <strong>Sergio Ramos ha puesto fin a su carrera en el Real Madrid como capitán cum laude.</strong> Se ha despedido ante un Bernabéu frío, vacío, y aunque durante su intervención no se escuchaba nada más allá de su propia voz, no ha dicho adiós solo. Lo demuestra otra anécdota personal, pero a la vez compartida por todo el madridismo: días después de la consecución de aquella Champions de 2014, paseaba por Jaén vistiendo la camiseta del Real Madrid, cuando, de repente, me topé con un tipo que había sufrido el mismo arrebato de orgullo vikingo. No cruzamos palabra, simplemente nos sonreímos y seguimos cada uno nuestro camino. Probablemente lo confirmarán graves expertos de la estadística en un tiempo: en el noventa por ciento de los hogares madridistas, quienes seguían en directo la despedida de Ramos se dirigieron una brevísima mirada cómplice que habría demerecido cualquier discurso emotivo y pomposo. Entonces una quietud pesada invadió todas y una de esas casas y, acto seguido, comenzaron a escucharse los ecos de aquella noche lejana de 2014 en la que el de Camas se convirtió en mito.</p>
<p>Seguirá ocurriendo lo mismo de aquí en adelante en cada momento de crisis blanca, en cada momento de flaqueza balompédica, incluso entre desconocidos que, por la camiseta o cualquier otro indicio, se reconozcan como devotos del mismo escudo: durante un largo instante se mirarán igual que dos hermanos que se reencuentran y, entregados a un entusiasmo absurdo, acabarán diciéndose sin decirse para sellar el vínculo de sangre: <strong>«Sí, yo también escucho el mismo grito en medio del silencio. Yo también viví en los tiempos de Sergio Ramos».</strong></p>
<p style="text-align: right;"><strong>Foto: Imago</strong></p>
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		<title>Opinión &#124; Delbosquismo cosmopolita</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manu Ibáñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 16 Jun 2021 15:58:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Ancelotti]]></category>
		<category><![CDATA[Champions League]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Entre las dos imágenes hay doce años y 2.800 kilómetros de diferencia, esto último según Google Maps. Son la prueba de que el mismo mayo se repitió en el tiempo y también en el espacio. En la primera, que data de 2002 y se produjo en Glasgow, Vicente del Bosque asiste, imperturbable, a la volea de Zidane ante el Leverkusen; en la segunda, 2014 en Lisboa, Carlo Ancelotti, rojo como un tomate, reprime un grito torciendo la boca y cierra los puños tras el gol de Ramos en el 93. </strong></h3>
<p>Aunque el gesto sea distinto, la intención es la misma en ambos casos, si acaso a Ancelotti se le intuye más esfuerzo por dominarse: resistirse al delirio y refugiarse en la prudencia después de un gol histórico del equipo dirigido, el Real Madrid, en una final de la Champions. También el resultado fue el mismo las dos veces: la consecución del campeonato.</p>
<p>No se acaban ahí los paralelismos. Del Bosque y Carletto comparten motivo en sus despidos del club merengue, en 2003 y en 2015, respectivamente: a ambos se les reprochó su laissez faire en el vestuario que empoderó de forma excesiva a la plantilla. Pero, casualidad o no, son dos de los tres últimos entrenadores que han ganado La Orejona para el Madrid. El tercero, ya se sabe, es Zidane, también acusado de frecuentar el amiguismo junto a los pesos pesados del plantel.</p>
<p>Seis años después de ser fulminado, Carlo Ancelotti regresa a un Real Madrid del que quizás salió demasiado pronto. El reclamado y aclamado Del Bosque, en cambio, no tuvo segunda oportunidad. El motivo es sencillo. A pesar de que al italiano, en plena cuesta abajo desde hace tres años, le ha tocado el gordo aun sin haber comprado boleto, lo cierto es que tiene algo que enamora y que siempre ha cautivado a Florentino.</p>
<p>Hay en el proceder del oriundo Carletto cierta gracia imperial revestida de flema, cierta socialdemocracia. El transalpino representa un delbosquismo mejorado o, al menos, más glamuroso, más moderno, más cosmopolita. Ese flequillo chic siempre bien peinado, esa constante cara de póker, esa llaneza, esa invariabilidad en el tono del discurso, esa ceja, la ceja.</p>
<p>Para explicar lo carlettiano basta una paradoja: tener asignado para la posteridad el epíteto de «el técnico de la Décima» dota a Ancelotti de un aura mística, pero, sobre todo, le convierte en uno más de la casa. Se ha marchado Zizou, sí, mas a rey muerto, rey puesto. Eso es el Real Madrid: triturador de ilusiones a la vez que orfebre.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Foto: Imago</strong></p>
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