Messi, el dios de la insolidaridad

Durante años Leo Messi ha sido el dogmatismo en su máxima expresión.  Toda una corriente que englobaba a la prensa de todas las regionalidades le consagraba como un modelo de deportista sin parangón. Insinuar algo diferente a un elogio se consideraba una osadía, casi una afrenta. En muchas ocasiones se le ha conceptuado con un tópico: Dios. Y por mucha concepción laica que le otorguemos al apelativo, la realidad es que se suele asociar a alguien sin mácula, de conducta intachable y con valores humanos incuestionables. No ha sido el caso. Messi ha desmerecido la perfección en múltiples ocasiones, otra cosa es que no se haya denunciado con la firmeza que procede.

Si yo fuera su compañero de equipo, no llevaría muy bien el estar partiéndome el pecho para recuperar el esférico, mientras él descansa, recurre a la contemplación, decide cuándo ir detrás del balón y cuándo no. Caprichoso por naturaleza. Y encima con la presión que comporta saber que sí tiene superpoderes -en su Club-, pero no por ser una deidad, y sí por haber ejercido a veces de verdugo. Si no se le devuelve un balón a la primera puede desencadenar una tempestad que acaba por arrollar a sus compañeros. Tello, Eto´o, Villa o Bojan pueden dar fe de ello.

Se extralimita en sus funciones. Ordena quién debe dirigir el equipo, como ocurrió experimentalmente con Martino. En otras ocasiones expresa su desagrado y obliga a los directivos a que negocien con el entrenador, en este caso Luis Enrique, para que atenúe su discurso y su autoridad. Y, a poder ser, que se le busque recambio, sí al entrenador.

También puede determinar que un guardameta, Pinto, se perpetúe en el vestuario para hacerle reír. Yo que pensaba que uno al trabajo “no va a reír”, no es el objeto fundamental vaya.

Se habla de que salió de la cantera y de que ama al Barcelona, pero cuando cae derrotado con Argentina -hecho que tiende a ser ordinario- es cuando se le ve más cariacontecido. En las eliminaciones del Barcelona representa la mayor serenidad. Quizá es que la procesión le va por dentro cuando se trata de su Club.

Por último, conviene recordar su afinidad hacia lo económico. Por alguna peregrina razón el Barcelona debe renovarle una vez al año por lo menos. Poco le importa a Messi que deban hipotecar el patrimonio. La renovación próxima lleva camino de situarse entre lo gravoso y lo oneroso.

En el Barcelona nada tiene fuerza para parcelar a este Dios. Sus directivos se acogen a su Palabra. Ellos carecen de libertad de acción plena. Son un Gobierno títere.  Con el agravio que eso genera para cualquier organización.

Uno podría decir que el Dios Messi no le importa, que allá se entiendan los barcelonistas. Sin embargo, sus maneras insolidarias han sido puestas de manifiesto por la sentencia del Supremo. Alguien tan activo para establecer consignas en su Club, resulta que se convierte en un ser cándido e inocente que no presta atención a las maniobras ominosas de su entorno. ¿Acaso nadie le dijo que se iba a tratar de escapar a la Justicia?

En este país, por ser un futbolista del Real Madrid investigado en un proceso se sentenció que el Club debía despedirlo. En cambio, cuando es Messi a quien se le atribuye una falta de insolidaridad con los españoles alarmante, nadie se atreve a pedirle al Barcelona una depuración de responsabilidades con el argentino.

Antes que retractarse sobre este Dios, resulta más fácil culpar al Palco del Bernabéu. Ya deben ser retorcidos por allí, un Real Madrid a punto del doblete y se “distraen” con aspectos del Barcelona. ¡Qué momento más poco estratégico para hacerlo!

Sea como fuere, lo que sí parece un hecho es que en el Real Madrid nadie está por encima de la Institución. Por suerte, no hay un Dios único al que honrar.

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