Blanco Y En Botella | Raúl y el Raulismo a través de los años

Esta semana se ha conmemorado el 25º aniversario del debut en Liga de un jovencísimo jugador del Real Madrid “C” en un partido ante el Real Zaragoza de la mano del entonces entrenador Jorge Valdano.

Dicho muchacho, de apenas 16 años, se llamaba Raúl González Blanco y pocos o ninguno podíamos imaginarnos que, tras ese atolondrado comienzo en el primer equipo (pues recuerdo que aquel partido, falló lo que no está en los escritos) iba a esconderse una de las figuras más legendarias del Real Madrid moderno y, quizás, de toda su historia.

Aquella noche, un 29 de octubre de 1994 para ser más exactos, nacía para el fútbol de élite uno de los mejores y más eficaces goleadores de la historia del Real Madrid.

A pesar de la tosquedad de sus movimientos y de que no era precisamente un dechado de técnica (como sí lo eran compañeros suyos de esa época como Álvaro Benito o Guti, sin ir más lejos), lo cierto es que Raúl fue forjando una leyenda a base de goles, que le catapultaron a la élite mundial en un tiempo récord.

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De hecho, su idilio con el gol se inició tan solo 90 minutos después de su debut ya que en su segundo partido, nada menos que ante el Atlético de Madrid, “su” Atlético de Madrid, tardó algo más de media hora en anotar el primero de una ingente lista de goles con un inolvidable zurdazo que alojó en la escuadra de Diego.

 

A partir de ahí, y hasta su retirada del fútbol, en el New York Cosmos estadounidense 21 años después, Raúl nos dejó unas cifras goleadoras impresionantes, al alcance de muy pocos. Nada menos que 404 goles, 150 asistencias en 942 partidos disputados en toda su carrera (Real Madrid, Schalke 04, Al-Sadd y NY Cosmos), lo que supone una media de casi 0.5 goles por partido.

Sin embargo, como toda leyenda tiene sus claroscuros, lo que en el caso de Raúl fue toda una constante a lo largo de su vida profesional y que voy a tratar de resumir aquí en tres fases muy diferentes.

El Raúl de las Champions y su llegada a la capitanía

En una época en la que el Real Madrid andaba huérfano de estrellas y la sala de trofeos del club parecía un territorio yermo, en los últimos estertores de la Quinta del Buitre, el club blanco necesitaba algo así. Especialmente tras cuatro años viendo al Barça de Johan Cruyff llevándose Ligas en el último partido y con los primeros grandes escándalos arbitrales a favor de los azulgranas.

Por eso la eclosión del joven Raúl fue una auténtica sensación. Su desembarco en el primer equipo no sólo no fue flor de un día sino que además se asentó y acabó por sentar al mismísimo Butragueño. En su primera temporada anotó 10 goles y el Real Madrid fue campeón de Liga, con aquel inolvidable 5-0 al FC Barcelona en el Bernabéu.

A partir de ahí, el despegue de la carrera de Raúl fue sencillamente meteórico. Una nueva Liga, la 1996/1997 y un gol al Atlético para la historia, el que marcó en el Calderón destrozando la carrera de Juanma López de la misma forma en la que años después Bale arruinó la de Bartra…

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Los años siguientes fueron de vino y rosas para Raúl. Nada menos que tres Champions casi consecutivas (Amsterdam, París y Glasgow). Los años del “aguanís” ante el Vasco de Gama, el histórico gesto de mandar a callar al Nou Camp y del robo indecente del más que merecido Balón de Oro de 2000, injustamente concedido a Michael Owen.

 

El inicio de una larga cuesta abajo

Sin embargo y con Raúl en la cresta de la ola, la temporada 2002/2003 fue el principio de una larga pero imparable cuesta abajo y no sólo en el aspecto deportivo sino sobre todo en lo extradeportivo.

Raúl se había convertido por derecho propio en todo un personaje público, en un ídolo de masas y en una estrella para el madridismo. Pero al mismo tiempo su poder, junto al de Fernando Hierro, el entonces capitán del Real Madrid, se había vuelto prácticamente omnímodo.

Era la época del Real Madrid de los Galácticos, unos años marcados poderosamente por un presidente cada vez más permisivo con los jugadores. Tal y como confesó no hace mucho Roberto Carlos, los jugadores por aquellos años camparon a sus anchas en el club, mangoneando a su antojo, vetando y poniendo entrenadores, fichajes, imponiendo horarios de entrenamientos…

Y la primera página de aquella triste historia comenzó a escribirse en aquella temporada. El Real Madrid ganó casi in extremis una Liga que se dejó atrás la Real Sociedad y, tras un año lleno de nubarrones y muchas críticas, con un Del Bosque cada vez más cuestionado por su blandura en el banquillo para con los jugadores, especialmente las “vacas sagradas”.

Pues bien, aquella victoria terminó de empachar de soberbia a un conjunto de estrellas, encabezadas por Hierro como capitán y a Raúl como segundo de a bordo. Tras la victoria en el Santiago Bernabéu ante el Athletic de Bilbao que proclamaba campeón de Liga al Real Madrid, dichas estrellas protagonizaron uno de los incidentes más bochornosos de la historia moderna del club.

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El equipo, insisto, capitaneado por Hierro y Raúl, “dolidos” por las críticas recibidas durante la temporada, y con la aquiescencia del Marqués Del Bosque (por aquella época, tan sólo “Vicentón” o “El Alineador”, como le llamaba la prensa de Madrid), se negó a saltar al campo a celebrar con el público aquella Liga.

Aquello motivó la intervención del propio presidente, Florentino Pérez, que obligó a los jugadores a saltar al campo, eso sí, a regañadientes y no sin antes protagonizar una sonora bronca con la cúpula del club, prácticamente delante de todo el mundo.


El lado más oscuro de Raúl

Aquella noche en el Asador Donostiarra, durante la celebración de esa Liga, se supo que Hierro, -que tenía ya apalabrada la renovación por un año más- no renovaría mientras que la negociación para la extensión del contrato de Del Bosque como técnico madridista (que había embarrancado semanas antes por el cambio en las pretensiones exigidas por Del Bosque al club) se rompió definitivamente, dando con los huesos de ambos fuera del Madrid.

Se dice, de hecho, que le faltaron arrestos a la presidencia para continuar cortando cabezas y Raúl, debido a su juventud, su proyección internacional como símbolo del Real Madrid y, por qué no decirlo, por su excelente rendimiento en el campo, se acabó salvando de la quema, si bien ya llovía sobre mojado en este tipo de cuitas.

De hecho, no era la primera vez que Raúl se enfrentaba a Florentino Pérez a causa de un tema extradeportivo. En concreto, el mes de agosto de 2002 y en Mónaco, a punto de jugarse la Supercopa de Europa ante el Feyenoord, y en plenas negociaciones por el fichaje de Ronaldo Nazario por el Real Madrid, estuvo a punto de producirse un gran cisma entre el jugador y la directiva.

Con el mercado veraniego a punto de cerrar y con Ronaldo con pie y medio fuera del Inter de Milán, las negociaciones eran frenéticas y contra reloj entre el equipo italiano, el agente del brasileño y el Real Madrid. Incluso se llegó a meter el Barça por medio, aunque como se vio más tarde, sólo con el fin de dinamitar la operación.

Se iniciaron, pues, unas extrañas negociaciones a tres bandas entre Inter, Barcelona y Real Madrid según las cuales el Real Madrid ficharía a Ronaldo y para abaratar la operación, venderían a Morientes al Barça y eso provocó la ira de Raúl.

El jugador madridista, disconforme con la salida de su compañero y amigo, puso el grito en el cielo en la concentración y amenazó con montar la mundial e incluso estaba dispuesto a sacar una camiseta de Morientes en caso de que anotase un gol en el partido que apenas unas pocas horas iba a disputar con su equipo en el Estadio Luis II de Mónaco.

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Finalmente y, cuando se supo que el interés del Barça por Morientes no era tal, el Real Madrid firmó a Ronaldo por 45 millones de euros y el delantero español se quedó en el Real Madrid, al menos una temporada más. Pero la polémica para Raúl, disfrazado de liderazgo en el vestuario, empezó a quedar patente.

Raúl heredó entonces la capitanía y, desde ese mismo verano, ya como “presidente in pectore” comenzó una peligrosa deriva autoritaria, en la que mandó con puño de hierro en el vestuario madridista. Se empezó a hablar de vetos a jugadores. Inexplicable fue la salida de Michael Owen, quien tuvo que salir del Real Madrid tras apenas una temporada en la que le disputó la titularidad al propio Raúl.

Su capitanía coincidió además con una época terrible, casi negra, de nuestra historia. Aquel equipo de galácticos y su presidente se suicidó deportiva y profesionalmente hasta el punto que ese plantel, un auténtico All-Star mundial, acabó disuelto, tras tres temporadas en blanco, un rosario de fichajes calamitosos, una ristra de entrenadores, y Florentino Pérez dimitiendo tras una humillante derrota en Son Moix un lejano 27 de febrero de 2006.

A todo esto, los números de Raúl, comenzaron a sufrir una incesante recesión. Y es que, a medida que crecía su poder en el vestuario, sus registros goleadores empezaron a menguar casi en la misma proporción. De los 20 goles de la 2002/2003 pasamos a unos mediocres 13, 7 y 12 tantos en las siguientes tres temporadas.

Sumémosle su lesión de rodilla a finales de 2005, de la que dicen que adelantó su recuperación de forma precipitada para estar con España en el Mundial de Alemania de 2006 y eso hizo que nunca volviese a ser el mismo.

Sea como fuere, durante estas nefastas temporadas Raúl dejó unos registros paupérrimos, sobre todo si los comparamos con los de años anteriores, pero que curiosamente no servían para traerle competencia. Llegaban defensas, centrocampistas pero ni un solo delantero de talla mundial para compensar tan terrible pérdida de gol, lo que alimentó aún más su fama de “cacique” dentro del vestuario y su enorme poder, a través de los medios (PRISA especialmente) para intervenir en la política de fichajes del club.

 

El efímero resurgimiento de Raúl y su triste epílogo

La llegada de Fabio Capello al Real Madrid en la temporada 2006/2007 y la famosa Liga del “Clavo Ardiendo” supuso el principio del fin de la etapa de Raúl en el club blanco. Como el Ave Fénix, Raúl -sin volver a ser el mismo- vivió una especie de resurrección deportiva.

Con el técnico italiano, el de San Cristóbal de los Ángeles recuperó parte de su instinto goleador, si bien fue con Bernd Schuster, primero y con Juande Ramos, después, cuando Raúl firmó dos de sus mejores temporadas con el club blanco, con 23 y 24 tantos respectivamente.

Sin embargo, como en toda historia, hay un inicio y un final y el de Raúl y el Real Madrid llegó en la temporada 2009/2010, el año de la vuelta de Florentino Pérez y su fastuoso proyecto liderado por Cristiano Ronaldo en el césped y Manuel Pellegrini en el banquillo.

Aunque en un primer momento, el técnico chileno le dio “cuartelillo” a Raúl, no había que ser muy despierto para adivinar que aquel chaval portugués de apenas 23 años que acababa de llegar al club, había venido para quedarse. Y de “titularísimo”, como Pellegrini bautizó a Raúl aquella temporada, pasó a pudrirse en el banquillo y acabar sus días de blanco.

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Lo que sí fue curioso es que el círculo de la vida, esa historia que dicen que se repite, fue tan caprichosa que aquella historia que se inició un 25 de octubre de 1994 en La Romareda acabase en el mismo campo y de la forma que más se recuerda a Raúl, marcando un gol.

Ese partido, que Raúl acabó lesionado y marcando el famoso “gol del cojo” fue la última vez que se vestiría con los colores del Real Madrid ya que dicha lesión, producida el 24 de abril de 2010 le apartaría de los terrenos de juego para el resto de la temporada.

El resto, es historia. Raúl anunció en julio de 2010 que se iba al Schalke 04, con el Real Madrid pagándole la mitad de su jugosa ficha durante las dos temporadas que recaló en Alemania, dejando eso sí, una magnífica sensación entre el público germano, al que se metió en el bolsillo.

El caso es que, 16 temporadas después de su debut, Raúl dejó el club tras 741 encuentros oficiales, con un excelente bagaje en todo caso de 323 goles (hasta ese momento, el máximo goleador de la historia del Real Madrid y de la Champions League) y un nade despreciable currículum de tres Champions, dos Copas Intercontinentales, una Supercopa de Europa, seis Ligas y cuatro Supercopas de España.

Afortunadamente para él, ya que con sus luces y sus sombras, es y será para siempre un símbolo para el madridismo, su marcha del club, por la puerta de atrás y casi de tapadillo (entre otras cosas porque el anuncio de su marcha llegó en pleno verano y con todo el mundo de vacaciones) dejó un sabor agridulce tanto en el aficionado madridista como en el propio Raúl y la directiva.

Sin embargo, tres años después y fuera del gran circuito futbolístico europeo, su equipo de entonces, el saudí Al-Sadd, fue invitado por el Real Madrid a disputar un Trofeo Santiago Bernabéu que resultó memorable.

Por un lado, porque Raúl jugó un tiempo con cada equipo y fue muy agradable volver a verle de blanco pero, por otro, sobre todo porque el “7” blanco se despidió, esta vez sí, de su público de la mejor forma que sabia hacer y era marcando un gol que el propio jugador y los miles de aficionados que llenaron las gradas, celebraron casi más que un tanto en la mismísima Final de la Champions.

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Ahora, con Raúl de nuevo en el Real Madrid, esta vez en la estructura técnica como entrenador del Castilla, su carrera vuelve a crecer dentro del club. La duda está en saber si, como algunos vaticinan, puede ser tan meteórica como la de futbolista o si esta vez se queda por el camino. Pero ésa es ya otra historia…

 

News Reporter
Colaborador de #MadridistaReal

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