#DesdeElOtroLadoDelCharco | Las paces de Turín

Cada tanto la vida o el fútbol -que es una de las más completas sublimaciones de la vida- me planta ante la comprobación de que hasta los más consumados esperpentos tienen su efecto positivo si caen en sustrato favorable y ámbito propicio.

Una de estas ocasiones se presentó hace una semana en Turín durante la rueda de prensa previa al encuentro Juventus – Real Madrid por cuartos de final de la UEFA Champions League. Creo que nadie se atrevería a objetar la calidad esperpéntica de la ostentación de cortedad, ignorancia y mala intención que desplegaron los ‘profesionales de la información’ (?) en su confrontación con jugadores y técnicos de ambas escuadras; pues bien dio la impresión de que la rivalidad no se establecía entre los integrantes de los equipos que se verían las caras al día siguiente en el Allianz Arena, sino más bien que los bandos se dividían entre los periodistas confabulados por un lado contra todos los deportistas de consuno por el otro.

Como bien quedó reflejado en tiempo real a través de las redes sociales, donde los aficionados de ambos clubes (me incluyo) no ahorraron protestas y alguna que otra indelicadeza, parecía que los acreditados competían entre sí por hacer la pregunta más estúpida o escabrosa, por incomodar al interrogado de turno, por hacerse ver con inquisitorias de dudoso o nulo ingenio. Sin embargo, lo que pudo haber terminado como un bombardeo de sandeces a mansalva, fue transformado en un duelo a espada y daga, merced a la fina esgrima verbal ejecutada por unos entrevistados cuya imperturbable calidad fue digna admiración.

Sin distinciones de escudo, credo, ni nación, voceros de sendos clubes hicieron gala de una inteligencia, un sentido del humor y una educación muy por encima de los estándares a que nos tiene acostumbrados el futbolista promedio. Hasta tal punto, que para aquel que así quisiera entenderlo, españoles e italianos mancomunados terminaron remontando la partida, como si hubiesen pactado con antelación permanecer incólumes y contrarrestar con entereza pero sin furia incluso los embates más descabellados, de tal modo que al cabo quienes salieron burlados fueron aquellos amanuenses de redacción que terminaron retirándose como los vimos, con sus micrófonos y cámaras a la rastra.

De esta suerte, un evento que se pronosticaba catastrófico, terminó convertido en uno de esos episodios que la reconcilian a una con la vida. Tampoco es que vaya a caer en la ingenuidad de no tomarme el recaudo de conjeturar que existiese cierta cuota de premeditación, que acaso huéspedes y anfitriones hubieran acordado de antemano el intercambio de alabanzas, antes que creer desaprensivamente que ese echarse flores recíprocas fuese secuela de la persistencia de los efluvios pascuales. Aun así, soy incapaz de disimular el placer que me provocaba la sonrisa morisca de Zizou rubricando cada una de sus réplicas, así como la sobria displicencia de cavalliere servente con que Allegri afrontaba las andanadas de la asamblea. A qué negar cuánto  disfruté del desconcierto de los corresponsales ante la bonhomía con que Mordric asumía sin rebajarse la defensa de sus siempre cuestionados compañeros de partida; o la categoría de Buffon y de Chiellini derrochando elogios hacia sus inminentes adversarios y hasta dejando alguna limosna a los convidados de piedra traídos a colación (sólo el defensor juventino podía salir al cruce del recuerdo de Luis Suarez sin alterarse y hasta insinuar la voluntad de un futuro intercambio de camisetas con su incisivo victimario).

Como si no bastase, ya en el fuero personal, un pasaje crucial de la conferencia me produjo me produjo una inmensa paz interior. Cuando Zidane afirmó: ”Sí, la Juventus es el Madrid de Italia… El ADN de los dos clubes son iguales: luchar e ir a ganar. Yo lo aprendí en la Juventus”, fue como si al pronunciar esa sentencia hubiese extendido la bendición evangélica ‘mi paz os doy, mi paz os dejo’; de pronto me sentí exonerada de toda culpa o cargo de conciencia.

En tren de confesiones, lo asumo, cada vez que el fixture impone el cruce entre el Real Madrid y la Juve, me invade una desazón inocultable. Es un típico caso de sentimientos encontrados y desencontrados. En un sentido, me anima la certidumbre de asistir a una de las mayores exhibiciones de fútbol de excelencia que se renueva temporada a temporada desde tiempo inmemorial. Por otro, un secreto deseo de que el trámite se resuelva sin vencedores ni vencidos acaba conduciéndome al calvario de la definición por penales cuando el reglamento no admite tablas.

Sin afán de buscar atenuantes, esta innegable afinidad que profeso hacia la Juventus quizá pueda explicarse a partir de mis orígenes, pues siendo nieta de inmigrantes europeos por los todos los ángulos de mi genealogía y desde todos los puntos del mapa, fui desarrollando la infantil costumbre de elegir un equipo favorito por cada país. Acaso, si no, porque me inicié en el fútbol viendo partidos de selección ( esos que hoy me conmueven tan poco) antes que torneos de liga y mi preferencia estuvo determinada por la presencia de algunas figuras mundialistas en ciertos cuadros. O a la inversa, puesto que  provengo de una región exportadora de jugadores, mis repartidas inclinaciones hayan nacido de la atención dedicada a la carrera de algunos emigrados de renombre en el viejo continente.

Hace poco hallé algún consuelo al leer en un reportaje que el inefable escritor y gran madridista Javier Marías cultivaba el mismo hábito de tener un cuadro en cada puerto sin sonrojarse por ello. Lamentándose en cambio por cierto toque agorero que percibía de su parte, al observar que de algún modo sistemático, cada unos de los clubes por los que se hubo aficionado, se había visto involucrado en casos de corrupción de alguna especie y que entonces los abandonaba o cambiaba de bandera, aún a riesgo de contagiar el maleficio.

Como sea, todo desemboca en el mar de las excusas cuando se trata de justificar pasiones de cualquier signo, lo mismo que a la hora de establecer comparaciones prácticas. La clave está en el postulado de ZZ, es algo ontológico, una esencia subyacente, intangible y no obstante vigente. Eso que a algunos nos despierta sentimientos fraternos incluso hacia un enemigo ocasional.

Que no se me malentienda. Soy madridista por acción y por definición. El Real Madrid me ha brindado muchas de aquellas cosas en las que la vida me fue avara. No es una inclinación caprichosa la que me identifica con nuestra divisa; es un sentido de pertenencia cultivado en función de valores, tradiciones y compromiso con una institución de la que no se puede menos que sentir orgullo. Pero hay más, una experiencia vivencial forjada en buena medida merced a la tecnología, que ahora no sólo nos permite ver los partidos en directo incluso desde los rincones más apartados del planeta, sino compartir el fárrago de emociones con aficionados de todo el mundo. El Real Madrid me ha dado amigos de verdad, personas con quienes quizá jamás nos veamos las caras, pero que compartimos alegrías y sufrimientos; largos debates acerca de jugadas, jugadores y conducciones; coincidencias y discusiones; y temas de la vida extra fútbol, cine, libros, gustos, bromas… Las charlas de café que no mantengo con nadie, se prolongan en Twitter contraviniendo los husos horarios y otras malas costumbres. Calificados sitios madridistas de la internet me abrieron un espacio de opinión que desde hace años me negaban los medios locales. En un país cada vez más anti madridista como en el que vivo, donde apenas existe un esbozo de peña-fantasma de escaso alcance y menores atractivos, contar con esta familia virtual blanca-inmaculada es uno de mis mayores tesoros.

El próximo miércoles llegaremos en paz, ustedes, los que pueden, al Bernabeu; yo tal vez los esté viendo sin saberlo en las tribunas de mi pantalla. Con la paz que nos confieren los tres goles que traemos de Turín, la chilena de Cristiano que ovacionaron los juventinos y que aún me estremece en cada replay, la confianza en un míster que puede desconcertarnos pero jamás defraudarnos, la fe en un equipo afianzado y formidable en todos los aspectos y una esperanza incuestionable de que todos queremos seguir el camino hacia la 13ra.

Los números y los ánimos nos favorecen. Quedan 90 minutos más sin chance de empate. Todo augura que las condiciones están dadas para pasar de ronda y nos corresponde celebrarlo. Pero si la Juventus nos opone un juego de igual a igual, si nos enfrentan con la entrega que les es característica e incluso de dan permiso para algún lujo, les ruego sepan disculparme si me pongo de pie para aplaudirlos.

Texto: @juliapaga

Foto: Goal.com

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