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Solía haber bullicio en aquel lugar.
Solía ser un lugar de sacrificios, rituales ante un centenar de miles de personas haciendo retumbar lo que solían ser láminas de color plateado, entre las que sólo habitan hoy ecos de posibilidades. Murmullos ininteligibles para el oído común y para aquel que no quiera escuchar, uniendo el pasado y todos los futuros. De aquella época se contó tanto y tan mal que es difícil encontrar lo verdadero, aunque hay hilos de los que tirar para todo aquel que realmente quiera escuchar.
Lo cierto es que esa temporada fue terrible y de aquellos a quienes preguntes, pocos querrán recordar aquella noche de marzo. El día que acabó aquel año y que condicionó toda la desgracia que vino después.
Yo no puedo decirte mucho. No lo viví. Pero si quisiera saber sobre aquella memoria, iría a un bar, de esos llenos de señores que recuerdan incluso aquello que quieren olvidar. Conocí una vez a uno de ellos, y por eso te cuento todo sé.
Las grietas de la realidad se abrieron aquella noche en Manchester, y no pararon hasta contagiar todo aquello que amábamos del color grisáceo que tiñe el fin de los sueños. La victoria nos había derrotado. Aquellos hechiceros de azul pálido consiguieron romper la magia del mundo, y todo lo bello y místico acompañó a sus adversarios hasta el más allá.
La tela de la que estaba hecha la realidad se rasgó y comenzó lo que se llamó después la Incertidumbre, porque todos se rindieron, asumieron que se habían equivocado, y los que sobrevivieron huyeron hasta que no se volvió a saber de ellos. Pero yo no, y por eso creé esta máquina del tiempo en forma de texto.
Cuando termines de leer, volverás a aquel día, justo cuando el Sol se esté poniendo. Todavía estás a tiempo de liberarnos del Leviatán. Todavía estás a tiempo de creer; creer en once tipos excepcionales y sus cohortes que te defenderán en territorio enemigo en cuanto caiga la noche y suenen las estrellas.
Buena suerte.