La Ciudad de las Estrellas | El hombre que parecía un nueve

En una de las historias del último libro de Marta Jiménez Serrano (“No todo el mundo”), a la protagonista le detectan una apendicitis y la ingresan de urgencia. Días después, y sin saber nada, el chico con el que lleva meses quedando le escribe para verla. Ella le dice que será complicado, teniendo en cuenta de que está en el hospital. Al enterarse, el chico, contrariado, va a visitarla y le pregunta, sorprendido, por qué no le había avisado. La chica contesta: “es que si te llamo también para estas cosas no sé qué nos diferencia de ser novios”. No solo habla esta escena de lo incongruente que puede llegar a ser esa afección de nuestros tiempos llamada “miedo al compromiso” (cuento contigo para todos los planes, pero ni de coña para contarte que estoy en el hospital), sino también de otra cosa igual de importante: para ser algo no basta con parecerlo.

Karim Benzema en el Madrid ha sido la visita al hospital, todos los planes y, si hubiera hecho falta, incluso el cirujano. Y tal y como le pasa al chico del relato, también Karim se ha pasado 14 años haciendo lo que se supone que hace un delantero (meter goles, rematar balones, incluso tirar penaltis cuando le han dejado) sin que a nadie dentro del madridismo se le ocurriera que podría, de hecho, serlo.

Tenía el francés varias cualidades de esas que, si no le hacían delantero, al menos le acercaron a ser un futbolista fantástico. Como su virtud de dejar la escena siempre mejor de lo que estaba al llegar. Con cada toque suyo, subía el valor de la jugada que estaba a punto de suceder. O, tal y como escribió magistralmente Jabois, que “sirviera de espejo a sus compañeros para que se vieran aún mejores de lo que son”. Por último, elegir bien el momento de irse. Justo cuando ha estado a punto de entrarnos ese infierno llamado “pereza”.

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Foto: David Ramos/Getty Images

Aún con todo esto, siempre hubo un momento de la temporada, en la que el madridismo peinaba el mercado como quien se mete en Tinder. Se busca: delantero de verdad, mínimo 1,90, que remate hasta una lavadora. Candidatos hubo varios. Los que pasaron por el Madrid: Raúl, Higuaín, Morata. Y todos aquellos que podrían haberlo hecho: Falcao, Lewandowski, Cavani o Icardi. Da la sensación de que incluso debatían abiertamente con Benzema a qué delantero fichar. Total, ya jugaría él luego detrás de este, acompañándolo en punta o saliendo del banquillo para salvar un partido perdido.

Dicen que la vida es aquello que nos ocurre mientras hacemos otros planes y al Madrid, en su eterna búsqueda del nueve perfecto, le pasó Benzema. Así que, en vez de considerarlo a él como tal, optó por colocarlo en las inmediaciones del área y lo dejó flotando para que, líquido como el agua, ocupara el espacio que quedaba libre. Aceptó el trato Karim, que, siempre solidario, en vez de jugar de lo que a él le gustaba, jugó siempre de aquello que el equipo necesitaba. Primero de asistente de lujo, potenciando las virtudes de una bestia como Cristiano. Luego, ya sin el portugués, llenando su vacío y acunando a los jóvenes, haciendo de líder emocional del vestuario y acercándose a la portería contraria para confundir a varios guardametas con sus bailes hipnóticos y regalarnos así una Copa de Europa para la leyenda.

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Foto: FRANCK FIFE/AFP via Getty Images

Algunos llevamos años preguntándonos que si Karim jugaba en la posición del nueve, metía goles como un nueve y llevaba el nueve en la espalda, ¿qué le faltaba entonces para poder ser considerado candidato a ser el “9” del Real Madrid? Nunca obtuvimos respuesta. La razón, sencilla: la pregunta estaba, todo este tiempo, mal formulada. No era qué le faltaba, era qué le sobraba.

Contando con todas las características de un gran delantero (una media de gol por cada 2 partidos lo avalan), dejó todo lo demás (asociaciones brillantes, asistencias, juego de espaldas) como quien deja una propina. Confundiendo a propios y extraños, nos dejó así la última lección: uno no puede serlo todo. Hay que elegir. Aquel hattrick en Stamford Bridge, en el que saca todos los registros habidos y por haber, son un insulto a la lógica y a la mediocridad.

Vivir sin etiqueta y moverse entre mundos puede darnos un aura especial, puede incluso ser divertido, pero corres el riesgo de verte envuelto en esto: un debate absurdo, inevitable y contínuo. Si no eres el 9, ni tampoco el 10, sino ese término de “9 y medio” que se inventó para Karim, lo más seguro es que siempre estés a punto de ir al banquillo.

Hace un tiempo, probándome en una de esas relaciones que, a falta de conexión emocional mayor, tienen como fin último algo tan banal como pasar un buen rato, se me ocurrió, al ver que la chica estaba pasando por una mala época, a indagar un poco más e, incluso, tratar de reconfortarla. Aún peor: se me ocurrió contárselo a mi amigo después. Él, más pragmático que yo, me avisó del craso error que estaba cometiendo, porque, al parecer, me estaba metiendo en un terreno que, por lo firmado en el contrato ficticio, no me correspondía. Tuvo razón entiendo, porque aquello acabó unas semanas después.

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Foto: Gonzalo Arroyo Moreno/Getty Images

Aprendí así que para poder haber optado a ser el 9 del Madrid (o de cualquier sitio), Benzema debería, entonces, haber evitado bajar a elaborar al centro del campo, y haberse dedicado a esperar balones en el área, en vez de tratar de llevarlos hacia él. Si, por el contrario, quería asociarse y crear jugadas, lo más inteligente habría sido no tirar tanto a puerta para haberse postulado a jugar de 10.

Sea lo que fuera, ya hemos visto, después de tanta controversia, el último partido de Benzema con la camiseta del Real Madrid. 5 Copas de Europa y un Balón de Oro después, Karim se ha terminado de marchar con la melancolía de no haber conseguido nunca ser el nueve del Madrid, pero llevándose el orgullo de algo que es, en un sitio de locos como el Bernabéu, todo un mérito: parecerse tanto que a punto estuvimos de creérnoslo.

 

Foto de portada: JAVIER SORIANO/AFP via Getty Images

Sergio Patón
News Reporter
Colaborador de #MadridistaReal

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