En Clave Morada | La leyenda del viejo tiburón blanco

Érase una vez un viejo tiburón blanco al que el resto de escualos de diverso tamaño y procedencia habían faltado al respeto. Estaba ya mayor y no podía competir con una nueva quenlla de origen francés, decían. 

El tiburón blanco siempre ha sido uno de los escualos más temidos del Océano. Sus dientes son grandes, triangulares y en forma de sierra. Recibe un buen mordisco y olvídate de sobrevivir. Su fama le precede. Pero a medida que van cumpliendo primaveras, sus reflejos comienzan a fallar y el resto de especies marinas le empiezan a faltar al respeto.

El símil con el Real Madrid es bastante plausible. Criticado sistemáticamente por propios y ajenos durante buena parte de su historia, el conjunto blanco siempre ha tenido que convivir con un entorno mediático bastante nocivo para sus intereses. Entre las ganas de los prisaicos y ex prisaicos de ganar cuotas de influencia y los antimadridistas disfrazados de falsa objetividad de fomentar crisis y estados de opinión negativos, los chicos de Ancelotti se enfrentaban anoche al todopoderoso Paris Saint-Germain con la necesidad de remontar el resultado adverso cosechado en el partido de ida.

Y la noche no podía empezar de peor manera, con una avalancha de ocasiones parisinas. Tres goles de Mbappé, dos anulados y uno legal. El tortazo de realidad en la primera parte se saldaba con un 0-1 en el marcador. El boquete de la banda derecha era corregido por Carletto con la incorporación desde el banquillo de Rodrygo por el balear.

En la segunda parte, un calamitoso error de Donnarumma permitió que Vinicius Jr asistiese a Benzema para empatar el partido. El viejo tiburón blanco había despertado, olía sangre y no iba a dejar que escapase su presa. Poco después, otra vez Karim, ponía al Real Madrid por delante. 2-1 y canguelo en Paris. Ni los puñetazos de Al-Khelaifi por todo el Estadio Santiago Bernabéu iban a poder evitar que se chafase el postureo mediático del camero al final del partido. Justicia poética.

Y así fue. El tercero llegaba de manera inmediata y como no podía ser de otra forma, de la mano de Benzema.

El viejo tiburón blanco volvía a imponer respeto. A medida que la figura de Messi se empequeñecía (todavía más), quedando en evidencia ante un imperial Luka Modric en varias jugadas, las lagrimitas de aquel viejo socio madridista con más de ocho décadas a sus espaldas aparecían en escena. Mbappé se sentía cada vez más solo y el tembleque en las piernas de los defensores franceses hacían presagiar una gran noche para el madridismo.

alaba silla real madrid psg

 

Final, 3-1. Y la fiesta de las gradas se trasladaba al terreno de juego. La imagen de Alaba levantando una silla al más puro estilo primitivo pronto se convirtió en imagen icónica del partido.

Nunca hay que faltar el respeto al tiburón blanco. Ni al Real Madrid. Porque cuando menos te lo esperas, aparece e impone su ley de la manera más cruda posible. Hala Madrid. Y nada más.

Foto: GABRIEL BOUYS/AFP via Getty Images

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Redactor Jefe de MadridistaReal

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