#DesdeElOtroLadoDelCharco | Noventa minutos de soledad

No diré nada novedoso si afirmo que el de arquero es el puesto más ingrato en toda la división internacional del trabajo del mundo del fútbol. Un oficio que se sitúa entre el castigo y el sacrificio, una suerte de penitencia, de ejercicio espiritual que lo hubiera hecho relamer a Loyola.

Lo sabemos desde temprano, casi intuitivamente; no ha de ser casual que entre niños manden al arco al menos popular de los amigos. En las escuelas de fútbol infantil de los Estados Unidos el puesto de goalee es rotativo ‘para que los chicos no se sientan disminuídos’ (!) y en el Río de la Plata, cuando algo es muy improbable que vaya a concretarse, decimos que ocurrirá ‘el Día del Arquero’ (*).

Qué misterios insondables inspiran en un joven la vocación de guardameta lo ignoro. Entiendo que los entrenadores de formativas suelen estimularla cuando descubren en un aspirante las condiciones adecuadas. Imagino que los padres deben sentirse por lo menos decepcionados de saber que su hijo está dotado para calzar los guantes. Por mucho que en nuestras culturas -y economías- sudamericanas casi todo padre sueña con sacar un hijo jugador de fútbol, que el párvulo pinte para arquero significa que tendrá que disputar una plaza con menos oportunidades que en cualquier otra posición de campo y con una cotización muy inferior a un delantero o mediocampista.

De alguna manera, el rol arqueril parece otro deporte. En todo o casi, se diferencia de lo que palmariamente se entiende por fútbol. El arquero usa sus manos antes que sus pies, viste diferente, ejercita diferente, se mueve diferente, piensa diferente, hasta es posible que coma diferente al resto del equipo. De hecho una de las particularidades que caracteriza al arquero es su ubicación diferencial respecto del equipo en el terreno de juego.

Si lo miramos bien, su papel se asemeja más a los deportes individuales. El arquero esta solo por antonomasia. Pero un poco peor que un tenista o un esgrimista que tienen la determinación de salir a atacar, mientras que nuestro héroe está siempre pendiente de ser atacado. En las disciplinas individuales se plantea una simetría entre los rivales, no sólo numérica y reglamentaria, sino en las condiciones del entorno; mientras que el arquero se enfrenta de movida a once oponentes declarados y si su propio cuadro anda de pifias, a diez más. Sin contar con su exposición preferencial a la vigilancia arbitral.

El arquero está expuesto por definición, casi que alevosamente enmarcado entre los tres palos. Expuesto a las miradas y a las protestas y a los agravios de todo un estadio, que según cómo sople el viento no se distinguen en su furia propios de ajenos; expuesto y de espaldas a la sección más virulenta de las hinchadas, haciendo profesión de templanza bajo el bombardeo persistente de reclamos, improperios, cuando no de elementos más sólidos.

Para tomar ese camino debe hacer falta una considerable dosis de estoicismo. Una disposición de ánimo particular, una inclinación entre el martirio y la epopeya han de alentar e esos sujetos que eligen sellar su destino bajo las vallas. Y no obstante, tampoco responden a un patrón homogéneo. Con todo lo que los empareja, mal podría decirse que haya dos arqueros iguales.

Entre aquellos que he visto en directo y los que habitan en la tradición, me atrevería a esbozar una taxonomía elemental de los arqueros. Sobresalen en primer lugar los excéntricos, personajes que desafían al universo desde una actitud, una estética, una forma de llevar al extremo lo imprevisible; nombres como el de Hugo Gatti, René Higuita, Amadeo Carrizo y sus paradas con el pecho, el ‘Loco’ Ricardo Navarro que en cada atajada rebotaba la pelota contra el travesaño y volvía a tomarla entre sus brazos, se inscriben en este género.

“Loco” Gatti | Foto: AS

Luego vienen los polifuncionales, tipos como el paraguayo Chilavert, que además de sus atajadas de precisión quirúrgica, era un gran ejecutor de penales y tiros libres; o el mexicano Campos, que era capaz de alternar el puesto de guardameta con el de 9 con equivalente artificio. Como subespecie acaso pueda incluirse su opuesto, aquellos jugadores que sólo son efectivos para determinadas circunstancias, como el caso del argentino Sergio Goicoechea que mantuvo en vilo al planeta cuando se reveló como un impecable contenedor de penaltis en el mundial de Italia ’90 (casi parecía que su selección prefería llegar a definir todos los partidos en esa postrer instancia tal era la confianza que se había ganado), pero a lo largo de su carrera se mostró bastante menos diestro en remates con pelota en movimiento.

Por ultimo, están los invisibles, las verdaderas leyendas, aquellos que sin hacer gala de adornos ni ostentación de temeridad permanecían impertérritos sobre la linea de meta; siluetas oscuras acantonadas en su área hasta el instante preciso de dar el zarpazo; los que no requieren adjetivos para ser presentados pues les bastan como únicas credenciales los récords de valla invicta de todos los tiempos: Lev Yashin, Ladislao Mazurkievicz, Dino Zoff, Walter Zenga, Gianluigi Buffon.

Acaso todos estos ingredientes míticos que envuelven a la figura del arquero, hicieron que incluso antes de interesarme de lleno por el fútbol, detuviera mi atención en esos seres singulares situados en los extremos de las canchas. Pero no hubiera sido capaz de enumerarlos de corrido, si no se me hubiese planteado días atrás un cargo de conciencia, una culpa que expiar.

He sido injusta, lo admito públicamente. Desde hace bastante he venido pensando en mi fuero íntimo y debatiéndolo con otros madridistas cuando ha dado lugar, en la necesidad que tendría el club de reclutar un nuevo arquero; he mirado una cantidad insólita de partidos enteros con la mirada clavada en las porterías sólo para evaluar las aptitudes de sus guardianes, he barajado infinidad de nombres que ya no es el caso mencionar… porque está Keylor. Siempre lo estuvo, pero no había sido capaz de comprenderlo hasta el partido de vuelta por las semis de la Champions.

Sólo entonces, al cabo de la hazaña que vimos todos, que nos salvó la vida y la esperanza, reconocí ya no sólo la ingratitud sino la impertinencia que significaba plantearse su reemplazo. Porque Keylor nos ha demostrado que él ha podido reemplazarse a sí mismo, ser ese jugador que como la carta de Poe andábamos buscando por ahí mientras estuvo en todo momentos frente nuestros ojos.

Keylor Navas defendiendo la portería del Real Madrid | Foto: AS

Temo que no sea posible aún trazar un perfil completo que le haga justicia a Keylor. Lo veo más bien como un work in progress, alguien capaz de ser todos y ninguno de los modelos de arqueros que hemos visto. De hecho, en parte estamos ya asistiendo a ese proceso, a la parte que nos deja ver, a su modo pausado y continuo de evolucionar, de sobrellevar las adversidades, de plantarse con el aplomo de un Ulises de a pie, sordo a la cantilena ponzoñosa de las sirenas de la tribuna y los micrófonos, firme en su proa para guiar a nuestro Real Madrid a través de todas las tormentas.

A esta altura de la travesía corresponde el desagravio. Antes de levar anclas rumbo a Kiev, antes de jugarnos el todo por el todo, antes de la especulación y el escepticismo, antes de la angustia o la prepotencia.

Meses atrás sugerí que al definirnos madridistas hacemos una suerte de profesión de fe. Tomamos una opción que nos determina a lanzarnos a campañas signadas por la injusticia, a emprender batallas en las que, aún saliendo victoriosos, seremos cuestionados; quizá por eso nos volvemos más exigentes, menos conformistas.

Que esa ambición por lo perfecto no nos convierta en nuestros propios verdugos. No despreciemos lo obtenido hasta aquí, no volvamos la espalda a nuestros mismos compañeros de ruta, a nuestros adalides en tiempos turbulentos. Que sea el aliento de nuestra fe el que hinche las velas del Argos blanquísimo que enfila hacia Ucrania, que en los 90 minutos decisivos Keylor no esté solo, que las corrientes nos sean propicias para que la Orejona se convierta en el ex-voto sagrado que depositemos a los pies de la Cibeles.

(*) Desde hace cinco años, una marca de indumentaria instituyó el 14 de abril como Día del Arquero en memoria del fallecido guardameta colombiano Calero; pero eso no mejoró el índice de probabilidades de que innúmeras promesas pendientes fueran a cumplirse.

Texto: @juliapaga

Foto portada: El Confidencial 

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