#JuegasEnVerso | Por mi y por todos mis compañeros

Provincia de Sevilla, Utrera, 7 de agosto de 2006.

En una de tantas tardes calurosas del sur de España, Daniel Ceballos Fernández celebra su décimo cumpleaños en calzonas, chanclas y manguera de patio antiguo. Merengue, café y diez velas alineadas en forma de círculo, fronterizan el enorme pastel que su madre Salomé ha preparado para su hijo.

Ese niño, doce velas después de aquellos dulces, vuelve a cumplir años tal día como hoy, pero esta vez los cumple, siendo jugador del mejor equipo del mundo. Y es que a Ceballos, como a su tierra, hay que entenderlos para saber quererlos.

En Andalucía, los niños juegan a fútbol en las placitas, al fútbol sala se le llama futbito, los bocadillos de nocilla se comen con una mano mientras con la otra se marca al enemigo amigo, y el estatus social de toda pandilla de amigos se organiza, únicamente, por cómo de bien o mal saben jugar al fútbol cada uno de ellos. Así es la vida en el sur de España, como así debió de ser la infancia de aquel que hoy juega en el Bernabéu con ‘Ceballos’ sobre su espalda. Medias a media altura, cabeza alta y elegancia como castigo. Demasiado arte como para dejarlo en un mísero banquillo.

De comportamiento ejemplar, Ceballos vivió su primer año en Madrid con tantas mieles como penas tuvo el comienzo de sus sueños. Esa charla privada con Florentino cuando éste le convenció para venir al Madrid, esa presentación que vivió en carne propia y que tantas otras veces había visto por televisión, aquel día cuando conoció a Zinedine Zidane, cuando le tocó compartir espejos de vestuarios con su ídolo Luka Modric…

Pero como decía, el dulzor de aquel pastel, nadie podía imaginar que traería un amargor incomprensiblemente escondido. De repente, aquel que había sido designado como el mejor jugador del Europeo sub-21, empezó a jugar poco o nada, y de pronto, fue viendo como memorables actuaciones suyas (como ante el Alavés en Vitoria), no tenían ni premio, ni continuidad en el tiempo. Las nubes fueron llegando a su cabeza, el calor sevillano se fue, y aquel frío de Madrid tan lejano a su Utrera natal, terminó por enderezar y fortalecer el carácter de aquel niño que empezó a sufrir su sueño.

Suplencia, ausencia de convocatoria, y cuando jugaba…un minuto ante el Leganés en un partido ya resuelto. En estas circunstancias, Ceballos fue comprendiendo la grandeza del escudo que vestía mientras gritaba con su silencio, toda profesionalidad que el madridismo empezó a admirar poco a poco de él. De repente, al finalizar su primera temporada, el destino volvió a virar, y lo que parecía una cesión casi asegurada al Betis de su admirado Setién, terminó con la salida de Zidane antes, el fichaje de Lopetegui después, y con ello nuevamente, la ilusión renovada de un Ceballos que volvió a agarrarse inconscientemente al sueño de su consciente.

Entonces fueron pasando las fechas y el carbón que había tiznado a Ceballos durante meses, Lopetegui empezó a transformarlo en un hermoso zafiro color añil. Sonrisas cómplices, palmadas en la espalda de su entrenador y jugadas imposibles del artista andaluz empezaron a derretir el bocadillo de nocilla que Ceballos llevaba escondido en el interior de su infancia.

Metamorfosis de Ovidio. Metamorfosis de Kafka. Y el gusano volvió a convertirse en una bella y delicada mariposa. Y en estos revoloteos de pretemporada estamos en territorio yanqui, ya que cada vez que el pequeño Daniel se vista para ir al entrenamiento de cada día, debe saber que sólo él puede vencer al destino más extraño, ambicioso e increíble que ninguno de sus amigos pudieron nunca imaginar un día. Por ello hoy, en su 22 cumpleaños desde aquella fiesta de su décimo aniversario, no puedo desearle mayor suerte que la que ya tiene en su entorno familiar:

 

Antoñito y Salomé,
dos muchachos de su barrio,
la pasión les descubrió
la otra cara del Rosario.

La familia fue llegando
a la Utrera más flamenca,
la del oro en el collar,
la del traje y la peineta.

Tres estrellas sobre el cielo,
dos hermanas y un torero,
una mira y dice al niño:
-“¿Cómo tengo hoy mi pelo?”

Andaluz y sevillano,
utrerano y español,
cuando saca la muleta
hasta Dios llora de amor.

El hermano bien nacido
con la clase de un ‘Currista’
del que anda en el albero,
del que entiende al madridista.

Elegante cual abrigo,
la cabeza levantá,
el que sueña con su escudo
y su dama en el altar.

Un equipo, un jugador
que pasean de la mano,
un destino que cambió
como Virgen sin su llanto.

Andaluz y sevillano,
utrerano y español,
cuando saca la muleta
hasta Dios llora de amor.

A Dani Ceballos, para que nunca deje de luchar por su sueño, porque sin él saberlo, representa a todos aquellos niños que aún jugando en la misma plaza del pueblo que él, nunca llegaron, nunca llegamos, a la cima del mundo donde hoy él sigue comiendo… increíbles bocadillos de nocilla

POR MI Y POR TODOS MIS COMPAÑEROS

Antonio Carrasco Martín.

News Reporter
Colaborador de #MadridistaReal

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *